miércoles, 10 de junio de 2009

Pena de muerte al reclamo de mano dura



Siguen apareciendo famosos que, luego de que la inseguridad salpica sus fortalezas, salen a pedir el inmediato ajusticiamiento del delincuente, o en el mejor de los casos, la pena de muerte.

El último en hacerlo fue el modisto Roberto Piazza, quien después de ser asaltado en un restaurant, dijo que si por él hubiera sido, habría matado a los 3 ladrones de un tiro en la cabeza. Cosas similares habían dicho Susana Giménez, Cacho Castaña, Sandro, Marcelo Tinelli y Moria Casán, entre otros.

Está bien, no se trata de personajes que se destacan por su vasta cultura, pero el poder mediático que tienen es importante, e influyen, desgraciadamente, en mucha gente que luego sale a opinar lo mismo que ellos.

Por su parte, los medios tratan el tema con sensacionalismo sin proponer el más mínimo debate y es más, algunos programas sobre inseguridad se parecen más a publicidad de empresas de vigilancia o blindajes que a un informe serio sobre un tema tan importante.

La pena de muerte ha demostrado su ineficacia como método para frenar la inseguridad, pero es muy eficaz para recolectar votos de la hipócrita clase media argentina.

Dejando un rato el tema moral de lado –si es que se pudiera dejar- ¿se solucionaría el tema de la inseguridad asesinando a todos los ladrones? Claro que no. La razón es sencilla. La máquina que genera la inseguridad sigue trabajando. Y los engranajes de esa máquina no son otros que la exclusión, la pobreza, las drogas, las cárceles e institutos deficientes, la falta de educación, etcétera.

Es decir, si hoy matamos a todos los que roban y matan, en un tiempo tendremos otra vez el mismo problema. Entonces, quien piensa que matando se soluciona el problema de la inseguridad, o es un ignorante de la realidad, o sólo desea satisfacer su sed de sangre.

Hay que ponerse a pensar.

¿Qué pasaría si… se distribuyera la riqueza?… si se atacara rápidamente a los dealers de Paco de los barrios humildes?... si se sacara a los chicos de la calle para darles un hogar, una familia, se los educara, se los hiciera practicar deportes, se los hiciera jugar?... si las cárceles estuvieran limpias, se les enseñaran oficios a los presos, se los tratara bien?... se les diera oportunidades a todas las personas, cualquiera sea su sexo, condición social, credo o raza?... si todos pudieran tener su casa y su trabajo?

Simple: no habría inseguridad. Y lo mejor de todo es que no tendríamos que matar a nadie.

Cuando alguien se pregunta porque al ladrón no le interesa la vida de nadie, y sale a matar para robar un par de zapatillas, lo que hay que preguntarse en realidad es: ¿Porque al ladrón le tendría que importar alguien, si a nadie le importa el ladrón?

Hay que dejar de ser hipócritas y dejar también de reclamar mano dura. Hay que comprometerse como sociedad y exigirles a los gobernantes con todas nuestras fuerzas que no haya pobres, que no haya exclusión, que haya oportunidades para todos, que haya trabajo y que haya educación.

El tema con esto es que tiene un costo. Primero hay que moverse, como cuando pusieron el corralito, pero por una causa más noble. Y después hay que defender con uñas y dientes a quien logre llevar adelante estas políticas.

O si lo prefieren, pueden quedarse en su casa mirando Tinelli en el televisor de 40 pulgadas, pero después no se quejen.

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