sábado, 21 de julio de 2007

Más que un simple partido de fútbol

La mirada fija en el televisor, sin pestañear; una rascada de barba cada vez que el equipo jugó para atrás; una agarrada de cabeza cuando el equipo casi convirtió un golazo; una puteada cuando el árbitro cobró cualquier cosa; un grito desaforado que desorbitó sus ojos cuando el equipo hizo el gol del triunfo. Así vivió Javier el último partido de la selección argentina de fútbol.

Sus globos oculares se lubricaron por primera vez desde el comienzo del partido recién en el entretiempo, momento que aprovechó para comentar jugadas con el resto de los comensales y para comer algo del vacío con papas fritas que se estuvo enfriando mientras Messi, Riquelme y compañía transpiraban la camiseta.

“Primero soy bostero, después argentino”, dice orgulloso y agrega: “Así me pongo cuando juega la selección, imagináte como me pongo cuando juega Boca”. Y no cuesta imaginarlo. Será porque cada vez que un jugador con pasado riverplatense toca la pelota es “un muerto y un pecho frío”, y cada vez que lo hace uno con historia boquense es “un jugadorazo”.

Javier suspende casi cualquier actividad cuando hay un partido que le importa. A la hora de demostrar sus emociones no se guarda nada. Le encanta el fútbol, le encanta Boca Juniors, le encanta la selección y lo demuestra en cada partido oficial, en cada amistoso, y sobre todo, en cada final. “Miro hasta los partidos de los amargos de River y también me hago malasangre”, aclara, como si hiciera falta aclaración alguna.

Mucha gente no entiende como alguien puede ponerse así con un partido de fútbol. Otros no comprenden como alguien va a la cancha el día del cumpleaños su madre. Algunos no pueden creer que “22 locos corriendo detrás de una pelota” hagan parar al país. El resto, como Javier, lo llama pasión.

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