Esperando para comprar mi comida en un local de Mc Donalds observé como un chico repetía una y otra vez: “¿me compra algo para comer?” a la gente que estaba en la cola, y la respuesta era siempre la misma: un movimiento de cabeza hacia ambos lados y cara de disgusto. Nadie se dignó siquiera a decirle “no”, “no puedo”, “no tengo plata” o cualquier otra cosa. Parecía que el chico estaba acostumbrado, ya que casi ni esperaba la respuesta de la gente, sino que de inmediato encaraba a la siguiente persona de la fila con la misma pregunta.
Cuando llegó hasta mí y me preguntó, le contesté que si y se sorprendió por dos segundos. “Quiero una cajita feliz”, dijo apenas repuesto de la sorpresa. “No, mejor quiero aquel”, agregó segundos más tarde mientras señalaba la foto de una hamburguesa doble con queso.
Hice el pedido a la cajera y al instante apareció otro chico, algunos años más grande que el primero, que también me pidió una hamburguesa, pero le respondí que no podía comprarle a ambos, y éste aceptó la negativa sin insistir. El más chico, solidarizándose con su compañero de vida, me preguntó: “¿No le compra un helado a mi amigo?”, a lo que le volví a manifestar mi respuesta anterior.
No pasó más de un minuto cuando uno de los empleados le puso en una bandeja su hamburguesa doble con queso, sus papas fritas y su vaso de Coca Cola. Con torpeza agarró todo y se retiró a comer con su amigo en la vereda del local.
Ese chico seguramente no sabe lo que es tener a alguien que le compre una cajita “feliz”. Seguramente no sabe lo que es tener para comer todos los días. Seguramente no sabe lo que es tener la posibilidad de ir a la escuela. Pero ese chico sabe algo que muchísimos de nosotros no sabemos. Ese chico sabe compartir.
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