La niñez de Washington Rivas no fue para nada fácil en su Montevideo natal. Sin saber porqué, se la pasaba derramando líquidos en el piso de su casa con la consiguiente paliza por parte de su madre Isidora quien, haciendo uso de una fuerza similar a la de un jugador de rugby de Nueva Zelanda, le daba rotundos cachetazos en la nuca para que terminara con su manía de andar mojando el suelo.
Washington fue creciendo entre las dudas que le causaba su extraña conducta y los sopapos de su madre, los cuales le provocaron severos problemas, sobre todo en el habla: a los 16 años no podía completar una frase sin empaparse la remera de saliva.
Alterado por su situación y luego de que su madre se suicidara de nueve disparos en la cabeza, Washington ingresó a la universidad para estudiar genética. Sus profesores, a pesar de la impresión que le causaba un joven de protuberante labio inferior y remera mojada, le proveyeron la mejor educación en la materia y hasta juntaron fondos para enviarlo a Estados Unidos para que realizara un post-grado en la prestigiosa universidad de Harvard.
A los 27 años de edad, y producto de una tenaz dedicación, pocas horas de sueño y varias dosis de psicofármacos, estimulantes y bananitas Dolca, Washington completó la cursada con el puntaje más alto en 1958. A partir de entonces, dedicó su vida al estudio de lo que, en 1968, dio en llamar “La mutación de los seres humanos”.
El extenso estudio intentaba explicar las razones por las cuales algunos seres humanos tenían la tendencia de derramar líquidos en el suelo, llegando a una conclusión que desató una de las más grandes polémicas en el círculo científico mundial: los primeros mutantes nacieron en Uruguay aproximadamente en abril de 1931. ¿La explicación? Simple: producto del triunfo de la selección uruguaya de fútbol en el mundial del 30, los espermatozoides de los aficionados charrúas sufrieron modificaciones debido a la fusión entre la extrema algarabía, el mate tibio y el placer sexual. Este cóctel explosivo derivó en la alteración molecular de los fetos engendrados ó, como Washington Rivas solía llamarlo, la mutación.
Esta mutación, según Washington explicaba en su estudio, produjo algunos cambios considerables en el funcionamiento psico-motriz de los nuevos seres: primero, una obnubilación mental acompañada de un movimiento de hombro izquierdo hacia abajo; segundo, un bloqueo en la zona cerebral encargada del procesamiento lógico; y tercero, liberación de endorfinas al ver líquido derramado.
Comprobados estos datos, Washington Rivas descubrió por fin el mal que afectó su vida: era un mutante generación cero. Así lo describió en su libro “Mutante soy”, editado en 1975, donde dio a conocer su infancia montevideana a finales de los años treinta: “Siendo un niño uruguayo como cualquier otro, andaba con el termo bajo el brazo. De repente me asaltaba una laguna mental y, cuando recobraba la conciencia, veía como había derramado el agua caliente del termo y eso me producía un placer enorme, pero a los minutos venía mi madre y me pegaba un cachetazo en la nuca que hacía que mi cerebro rebotara dentro del cráneo por espacio de cinco minutos”, contaba en el capítulo uno de su auto-biografía.
El testimonio encajaba a la perfección con sus estudios: obnubilación mental (laguna) y movimiento de hombro izquierdo hacia abajo (derrame de agua del termo), bloqueo de la zona cerebral encargada del procesamiento lógico (no tener cerrado el termo) y liberación de endorfinas (placer al ver el líquido derramado). Años después, estos síntomas fueron comprobados en decenas de uruguayos nacidos en abril de 1931.
Washington Rivas falleció en 1988 en Buenos Aires debido a un paro organizado por la CGT de Ubaldini y no pudo terminar su investigación, pero dejó sentadas las bases sobre esta nueva especie para que otro, u otros, sigan su camino y puedan así arribar a la verdad; una verdad que, a lo largo de la historia, ha sufrido las más diversas formas de censura; primero de los sucesivos gobiernos uruguayos, luego de Enzo Rivas, único hijo de Washington y, finalmente, de todos aquellos descendientes de la llamada generación del 31.
Zipi es Uruguayo
ResponderEliminarMe gust� el dato del suicidio por nueve disparos en la cabeza jeje, interesante.... A ra�z de la teor�a de Washington, empiezo a comprender las mutaciones q han tenido q soportar los brasucas dps de tantas copas del mundo. Ahora los empiezo a comprender, pobrecitos. Yo pens� que eran unos simples pelotudos, deformes y agrandados, pues no. deben ser una especie de mutantes tambi�n. Slds!
ResponderEliminarQue obseción por los mutantes eh. ¿Tuviste alguna clase de relación sexual con alguno/a que merezca darles este tipo de atención?
ResponderEliminarPD: alguna vez quiero leer adentro de un perro a ver si groucho tenía razón...
Que los uruguayos tengan falta de lógica, explica que quieran poner la papelera. Como dijo Pancho Ibañez: "Todo tiene que ver con todo, no?"
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