Fidel y sus amigos tenían una casa grande, repleta de pequeños adornos muy valiosos, lindos muebles y una música alegre siempre invadía todos los ambientes. La casa era tan bella que el vecino millonario, que ya tenía una mansión enorme, se la quiso comprar, pero Fidel con sus amigos dijeron que no. Cegado por la negativa, el vecino mandó a unos de sus empleados a usurpar la casa en disputa. El empleado y los soldados armados entraron en la casa, sacaron a todos los habitantes y se llevaron los adornos y los repartieron entre ellos.
El vecino millonario ya había estado comprando otras bellas casas en otros barrios, y también había usurpado alguna que otra por aquí y por allá. Fidel, que era un muchacho con pocas pulgas e intolerante a la injusticia, les dijo a sus amigos que tenían que recuperar su casa. Y así lo hicieron. Sacaron a patadas al empleado del vecino y recuperaron gran parte de los adornos. Les llevó un tiempo volver a dejar la casa como estaba antes de la usurpación.
Al enterarse, el vecino se enardeció e invirtió grandes cantidades de tiempo y dinero para sacar a Fidel y sus amigos de esa casa. Tenía miles de casas, pero quería esa. No soportaba no tener lo que quería, ya que siempre se había salido con la suya. Entonces mandó matar a Fidel y a todos sus amigos, pero tampoco pudo. Cuando al fin estaba por desistir de la idea de apoderarse de la casa, vio como los antiguos dueños de las casas que había usurpado antes vieron con simpatía la hazaña de Fidel y sus amigos, entonces volvió a la carga: mandó cortar todas las calles hacia la casa que no podía obtener para que todos sus habitantes murieran de inanición.
Esa época fue dura para Fidel y sus amigos, ya que las provisiones no llegaban y tenían hambre, pero aún así resistieron. Comiendo poco de lo poco que tenían aguantaron hasta que otro millonario, simpatizando con su causa, les dio una mano. Pero el vecino, al enterarse, comenzó a atacar al buen samaritano hasta que lo derrumbó. El hambre era tal que algunos amigos de Fidel desistieron y escaparon de la casa y fueron a parar a la mansión del vecino, donde comieron hasta reventar.
El vecino nunca pudo obtener la casa de Fidel y sus amigos, porque estos nunca renunciaron a ella. Ni en los peores momentos.
Hemos cuidado tanto la casa para que no nos la roben que hemos descuidado un poco su interior. La casa necesita refacciones -dijo Fidel- pero yo ya estoy viejo para andar subiéndome a escaleras. Se las dejo a ustedes, sus verdaderos dueños –agregó- pero nunca se la vendan al vecino que tanto mal nos ha hecho.
El vecino en realidad no quería la casa; quería que Fidel y sus amigos renunciaran a tenerla, pero sobre todas las cosas, quería que Fidel renunciara a ser un ejemplo, ya que los otros dueños usurpados podrían imitarlo. Pero Fidel no renunció.
Muy buen cuento. Viva Fidel.
ResponderEliminarAlberto