martes, 7 de octubre de 2008

Ni sexo ni mentiras; solo videos


El sábado pasado me invitaron a un cumpleaños. Un conocido alcanzó los 40 y lo festejó con una gran fiesta gran. El eje de la celebración giró en torno a una serie de videos en pantalla gigante donde el incauto invitado podía enterarse de todo lo acontecido a lo largo de las cuatro décadas de la vida del agasajado. Fueron cuatro interminables videos separados (afortunadamente) por intervalos donde se aprovechaba para comer y tomar (que, en definitiva, era lo que todos habían ido a hacer a la fiesta).

No pretendo referirme de una forma despectiva o malintencionada hacia el cumpleañero y su familia, de hecho gozan de una gran estima de mi parte, pero tengo que confesar que por momentos no la pasé bien.

Primero que nada, odio ver fotos y videos familiares. Es algo que me aburre sobremanera, y lo peor es que tampoco puede fingir lo contrario. Se me nota en la cara cuando mi interés no es natural.

No me importa el nacimiento del primogénito del señor A; tampoco me interesa el viaje que la señora B hizo por Catamarca. Detesto ver a una familia feliz congelada con unas bellísimas montañas detrás. Me aburre todo eso; preferiría estar tirado en una cama leyendo como se reproducen las medusas o incluso, viendo algún programa de chimentos; cualquier cosa a estar viendo fotos o videos familiares.

Segundo, y aquí muchos me tildarán injustamente de “amargo”, detesto bailar. Y más que bailar detesto la cumbia. Y más que la cumbia detesto a aquellos que en el afán de demostrarse “divertidos”, intentan sacar a bailar a quien no tiene deseos de hacerlo. Esas personas son las más justas merecedoras de todo mi desprecio. De poder saborear el almíbar de la impunidad les amputaría las piernas a todos aquellos que osaran llevarme a una pista de baile a la fuerza, así luego pueden ver lo “divertido” que es estar sentado mientras un montículo de imbéciles se mueven ridículamente al son de una música barata y pegadiza.

Tercero, me molesta la gente que se enorgullece de su sensiblería. Ver a una pareja profesarse amor eterno entre lágrimas no me provoca emociones, me provoca arcadas. Ver a un niño forzado a recitar un poema cursi para el padre mientras sus deseos de embarrarse jugando al fútbol son violados por la madre que quiere emocionar al padre mostrándole un video me repugna.

Afortunadamente, la torturante fiesta hubiera sido un calambre eterno en la ingle sino hubiera estado presente Chapita, un simpático personaje que con sus chistes, ácidas acotaciones y graciosas ocurrencias divirtió a toda la mesa.

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