
Cómo es que llegué a encontrarme corriendo semi desnudo y aterrado por esa ruta desierta y lúgubre a esa hora de la madrugada? Imposible explicarlo en pocas palabras. Tendría que comenzar por el episodio con el enano, o quizás antes, bien temprano, apenas me levanté creyendo que ése sería un día como cualquier otro. Qué equivocado que estaba.
El despertador sonó a la hora programada: 7:15 AM. Intenté apagarlo con un manotazo como siempre, pero esta vez se cayó al piso y siguió sonando. Era el primer indicio de que sería un día diferente. Fastidioso, me levanté y lo apagué. Así, soñoliento, me metí en la ducha y desentoné una canción que en éste momento no recuerdo cual era. Lo bueno de vivir sólo es que nadie me puede hacer callar, lo malo es que nadie me avisa que se me hace tarde para ir a trabajar. Al parecer, el agua tibia cayendo sobre mi cabeza me transporta a otra dimensión, dónde pierdo toda noción de tiempo y espacio. Cuando salí del baño eran las 8:24 AM; entraba a trabajar a las nueve en punto. La noche anterior había pensado ponerme la camisa nueva, pero al vestirme apurado ni me acordé y me puse la misma de siempre. Algo no iba a cambiar: Gutiérrez se burlaría nuevamente. Bajé las escaleras como una tromba. Al llegar a la planta baja me tropecé con don Antonio, que tenía un aspecto muy desmejorado. Traía puesta su boina gris y un pullover bordó cuyo aspecto hacía notoria la inclemencia del tiempo tanto o más que su dueño. En cualquier momento se muere, pensé, y salí a la calle. El sol me encegueció un poco. Coloqué mi mano sobre las cejas, simulando una visera, y paré un taxi confiando en poder llegar a tiempo.
Al edificio Alvear, dije ni bien apoyé mi trasero en el asiento. Al levantar la cabeza, pensé que había tomado un taxi fantasma, de esos que se manejan solos, pero no. El taxista era un enano. No tengo nada contra los enanos, pero tengo que admitir que no me sentí seguro cuando me di cuenta de que un liliputiense me trasladaría por la peligrosa avenida 9 de Julio a toda velocidad. Haciéndome el distraído pude observar que el enano estaba sentado sobre unos almohadones y que tenía unas prótesis que extendían sus cortas piernas hasta los pedales. Su asiento estaba tirado hacia adelante, lo que le permitía llegar al volante.
¿Qué pasa amigo, nunca vio a un enano manejando?, me dijo mirándome a través de su espejo retrovisor. Me ruboricé un poco, no tanto porque me increpara sino porque mi actuación de hombre distraído había sido un rotundo fracaso. La verdad es que no, nunca vi un enano manejando, y menos un taxi, le respondí. Inmediatamente se le transformó la cara. Clavó los frenos, y sin quitar los ojos del espejo retrovisor me dijo: “Bájese inmediatamente de mi vehículo. Piense en lo que acaba de hacer y si cree que me debe una disculpa, acá tiene mi tarjeta de contacto”. Extendió el brazo en toda su plenitud, pero igual me tuve que esforzar por alcanzar el papel. Me bajé meditabundo. No había querido ofenderlo, pero tampoco iba a simular que la situación me parecía normal. Además me llamó la atención que tuviera tarjeta de contacto. ¿Para qué necesita un taxista enano una tarjeta de contacto?, me pregunté. Me detuve a leerla. De un lado decía “Grupo Igualdad – Horacio Altobelli”, y del otro había una dirección y un teléfono. En ese momento no caí en la cuenta de lo absurdo de la situación, como no caía en la cuenta de que eran las 9:05 AM y Petrucci, mi jefe, me iba a levantar en peso sin poder contener sus salivas, como era costumbre.
Me tomé otro taxi. Esta vez, afortunadamente, el conductor no era un enano, sino todo lo contrario: calculé su peso en unos 130 kilos. Solía hacer eso: calcular el peso de las personas. Generalmente acertaba bastante, aunque tengo que reconocer que los enanos siempre me costaron más. Si hubiera tenido que arriesgar sí o sí, hubiera dicho que Horacio Altobelli estaba cerca de los 35 kilos de peso.
Los botones de la camisa del conductor me llamaron la atención: parecían a punto de salir despedidos. Era como si estuvieran aguardando el momento exacto para, como las piedras de una catapulta, salir a volar, impulsados por una fuerza descomunal. También me llamó la atención el asiento tirado hacía atrás hasta más no poder y que, aún así, su barriga tocara el volante. Seguramente podría manejar su automóvil sin usar las manos si se lo propusiera. De todas maneras debo reconocer que me sorprendió; su habilidad para conducir era excelente. En 10 minutos me dejó en la puerta de mi trabajo.
Llegué a mi oficina 9:21 AM. En el camino me topé con Gutiérrez y sus 85 kilos, que aprovechó para soltar su clásica broma: ¿che, cuándo te operan de la camisa?, me dijo con una estúpida sonrisa en la cara. Le sonreí displicentemente y apuré el paso. Soñaba despierto con que mi jefe hubiera faltado, pero estaba parado en la puerta misma de mi oficina mirando el reloj. Odio cuando hace eso. Iba a pronunciar mi ya gastado repertorio de excusas, pero no me dio tiempo. Comenzó a reprocharme mi falta de responsabilidad, al tiempo que gotas de saliva se desprendían de su boca y hacían blanco en mi rostro. Terminó 9:24 AM. Seguramente tenía un buen día: sólo invirtió tres minutos en humillarme. Petrucci pesaría no más de 78 kilos.
Me sequé la cara con el pañuelo y me quité el saco y lo colgué. Me senté frente a la computadora y el episodio con el enano me hizo abstraer de la realidad. Hasta llegué a sentirme culpable y pensé en ir a pedirle disculpas ni bien terminara mi jornada laboral. Gutiérrez me sacó del estado absorto en el que me encontraba con otro de sus clásicos chistes: parado en la puerta de mi oficina, me dijo: “Che, creo que Petrucci tenía algo para decirte”, pero esta vez reemplazó su sonrisa estúpida por una carcajada aguda que se perdía mientras se alejaba hacia la oficina de Marisa.
Esa mañana mi producción tuvo coeficiente nulo. No me pude concentrar en nada. Sólo pensaba en el enano. A las 12:11 PM pedí tres empanadas para almorzar. El chico del pedido llegó a las 12:55 PM. Justo a tiempo, pensé; mi hora de almuerzo comenzaba a la una. Eran $ 4,80, le di un billete de cinco y le hice un gestito como para que se quedara con el vuelto, pero el muy ladino puso cara de “no, está bien, gracias”, me devolvió los 20 centavos y se fue insultando por lo bajo. Para mi desgracia pasaba Gutiérrez, y después de ver la escena, siguió su camino tapándose la sonrisa estúpida con la mano, mientras revoleaba sus ojos hacia dónde yo me encontraba. Odio a Gutiérrez.
Como si la justicia poética hubiera podido anticipar mi mezquindad, las empanadas sabían horribles. Es más, el relleno hasta parecía haber sido escupido. Pensé que quizás a Gutiérrez le podrían gustar y se las dejé en su escritorio, pero con un ingrediente adicional: mi saliva. Salí a tomar un poco de aire a la calle. Prendí un cigarrillo y en ese momento se paró al lado mío, para cruzar la calle, una señora con anteojos oscuros y un palito blanco en su mano derecha. Con la vista perdida en algún punto imaginario, me puse a pensar en el enano. Una leve brisa llevó el humo de mi cigarrillo hasta la cara de la señora, que tosió repetidamente. De repente se volvió hacia mí, se quitó los anteojos y sus blancos ojos se clavaron en los míos, aterrándome. Debo haber pegado un salto hacia atrás, afortunadamente debo decir, porque sentí en mi cara el chiflido y el viento que provocó su palito blanco al cortar el aire. La señora había intentado golpearme por mi aparente falta de respeto, según me lo hiciera notar un testigo ocular de toda la situación. ¿Y a vos quién te preguntó algo?, le dije.
Continuará...
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