
Volví a mi oficina con un poco de bronca. A diferencia de todos los días anteriores, nada me estaba saliendo bien. Apareció Gutiérrez nuevamente, pero ésta vez no para hacerme un chiste, sino para agradecerme por las empanadas. Estaban riquísimas, me dijo y me palmeó la espalda. Dos pájaros de un tiro, pensé y me senté frente a la computadora. Todavía me quedaban cuatro horas ahí adentro, así que opté por hacer de cuenta que trabajaba mientras jugaba al Súper Mario. Estaba de lo más entretenido cuando fui interrumpido por Marisa y su corta minifalda. Cómo me gusta Marisa. Puse pausa y cambié la pantalla del juego por una que parecía una complicada hoja de cálculo. ¿Qué necesitás Mari?, le dije. Me contestó que necesitaba la orden de compra de la empresa Constructopia. Sabía que esa orden estaba en el estante de abajo, pero le dije que se fijara en el de arriba de todo, así podía mirarla mientras se subía en la escalera. Luego de satisfacer mis bajos instintos hice que se fijara en el estante correcto. Algo debió haber intuido, porque me miró con cara de asco y se retiró contoneando sus perfectas caderas.
Seguí jugando al Súper Mario; estaba a punto de superar el récord de puntos. A las 5:39 PM apareció Galíndez. Prácticamente no le presté atención. Le dije que sí a lo que fuera que me haya dicho y seguí jugando. Ni siquiera calculé su peso, aunque noté, de un vistazo, que estaba más gordo que la semana anterior. Se hicieron las seis de la tarde, pero como no perdía en el juego me quedé hasta terminar. Petrucci se paró en la puerta y dijo: “Así me gusta García, que asuma su responsabilidad y se quede después de hora a recuperar el tiempo que perdió a la mañana”. Puse cara de concentrado y le hice un gesto con la mano como para que me dejara terminar de jugar tranquilo. Recién terminé a las 6:29 PM, pero valió la pena: había batido el récord. Agarré mi saco y salí, no sin antes despedir a Marisa con un beso en la mejilla. Daría lo que fuera por tener sus 57 kilos encima de mí. Volvió a poner cara de asco pero no me importó.
Iba a prender un cigarrillo pero al meter la mano en el bolsillo me encontré con la tarjeta que me había dejado el enano. Me di cuenta de que me había olvidado de todo ese asunto durante la tarde. Al alcanzar la calle, la sorpresa me asaltó el rostro: el enano me estaba esperando en su taxi y me hacía señas con su bracito para que me acercara. Me acerqué. Suba, me dijo mientras una expresión adusta se apoderaba de sus gestos faciales. Me subí. ¿Por qué me subí? Es una pregunta que todavía hoy me hago. No sé en que estaba pensando.
Me daba impresión verlo manejar. Ahora yo estaba en el asiento del acompañante y podía observar todos sus movimientos. Me hacía acordar a una película que vi dónde un enano manejaba un robot inmenso, con la diferencia que éste solo operaba un taxi común y corriente. Quizás usted se pregunte por qué lo estaba esperando y por qué lo hice subir a mi vehículo, dijo, y vaya que tenía razón. Bien –prosiguió- hoy usted me faltó el respeto, o al menos eso sentí yo. No sé si tenía pensado pedirme disculpas, pero pude observar que traía en la mano la tarjeta que le di ésta mañana, por lo que infiero que efectivamente iba a hacerlo. Sepa que con una disculpa muchas veces no alcanza. No es que yo sea rencoroso, pero hay ciertas acciones que requieren una corrección. En ese momento empecé a sentir miedo y vergüenza. Miedo por la palabra “corrección” y vergüenza porque era un enano el que me estaba atemorizando.
Le pido disculpas si lo ofendí, no fue mi intención, le dije tratando de tranquilizarlo, aunque no parecía nervioso; esto era lo que más nervioso me ponía. Pensé en tirarme del automóvil en movimiento, pero iba a demasiada velocidad. Me imaginé los titulares de los periódicos del día siguiente: “hombre muere al arrojarse de vehículo intentando escapar de un enano”, y me quedé más por vergüenza que por miedo a perder la vida. Subimos por la autopista y me di cuenta de que ya nada podría hacer, salvo hacer recapacitar al diminuto hombre. Luego de casi dos horas de viaje llegamos a un lugar extraño. Era una especie de edificio gigante en medio de la nada. El exterior lucía rústico, con sólo un par de ventanas al frente y ninguna a los costados. Sobre la puerta de entrada, un cartel cuyas letras eran del alto de Horacio Altobelli, decía “GRUPO IGUALDAD”.
Bajamos del auto y el enano se apresuró a llegar a la puerta del recinto. Verlo caminar a esa velocidad me hacía recordar a Chucky, el muñeco diabólico, y eso, lejos de hacerme reír, me espantó un poco más, si es que era posible a esa altura. Ya estaba jugado. No podía escapar hacia ningún lado. Sólo tenía dos opciones: una era arrebatarle las llaves al enano y huir en el taxi y la otra era entrar en ese edificio y luego improvisar. Elegí la segunda opción, no porque fuera más tentadora, sino porque el enano tenía las llaves colgadas de su cuello, pero debido al largo de la cadena, las mismas descansaban justo a la altura de sus genitales.
Entré yo primero. Había una sala, con una larga mesa ratona de madera y varios almohadones variopintos alrededor. Tome asiento, me dijo el enano y obedecí de inmediato. Estaba de lo más incómodo, mis piernas apenas cabían debajo de la mesa. Miré mi reloj y eran las 7:46 PM. En ese preciso instante, de una pequeña puerta empezaron a salir enanos de diferentes tipos: hombres, mujeres, rubios, pelirrojos. Hasta había uno que era travesti. Todos se sentaron alrededor de la mesa, excepto uno que pude identificar como el jefe. No se trataba de una deducción brillante, puesto que tenía una toga roja que así lo indicaba con letras blancas a la altura del pecho. Iba a comentar lo paradójico que me resultaba que un grupo llamado IGUALDAD tuviera un jefe, pero opté por ser prudente, dada mi delicada situación.
Hasta ahí la situación era sólo surrealista, pero se tornó además peligrosa cuando aparecieron, por otra puerta, dos ciegos con ametralladoras en sus manos y un señor por demás obeso, con una máscara de cuero negro y un látigo. El jefe de los enanos comenzó a hablar y todos callaron. Estamos aquí reunidos –sostuvo- para ofrecer al señor Jorge García la oportunidad de que se transforme en una nueva persona. Ha sido elegido entre varios candidatos de acuerdo a sus particulares virtudes. Como todos sabemos, le debemos esta oportunidad antes de proceder al castigo. Y como seres civilizados que somos, el castigo es el último recurso.
Yo pienso que, debido a sus antecedentes, debemos castigarlo directamente, aclamó el enano travesti. Lo miré con desprecio. Acaba de mirar con desprecio a nuestro compañero, sostuvo el enano pelirrojo. Bajé la vista y traté de no demostrar ninguna otra reacción; el gordo con el látigo me daba terror. Empezaron a discutir sobre el plan a seguir hasta que el jefe sugirió una votación abierta. Que levanten la mano quienes apoyen la moción de darle la oportunidad de que se convierta en una nueva persona, dijo el jefe. Dos enanos rubios, uno morocho, los dos ciegos con ametralladoras y el jefe levantaron sus manos. Ahora quienes apoyen la moción del castigo, continuó. El enano travesti, el pelirrojo, el gordo del látigo, un enano morocho y otro vestido como Marilyn Manson levantaron la mano. Afortunadamente (o no tanto, como iba a poder darme cuenta después), la posibilidad de transformarme en una nueva persona era mía.
Continuará...
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