
El jefe de los enanos hizo un gesto con su bracito, y todos se pusieron de pie. El gordo del látigo abrió una puerta que estaba oculta detrás de lo que parecía una valiosa pintura. Entra por esa puerta –dijo el enano travesti- y al salir serás una nueva persona. Miré desconcertado hacia el jefe, que aprobó la sugerencia asintiendo con su cabeza. Ni bien puse un pie dentro de la nueva habitación, la puerta se cerró de golpe. Creí haber escuchado unas risas, pero no lo puedo asegurar. En ese momento, comenzó la odisea.
¿Quiénes eran estas personas? ¿A qué se dedicaban? ¿Qué querían de mí? ¿Saldría con vida de ese tétrico lugar? Estas y otras preguntas tomaron posesión de mi cabeza. Me di cuenta de que si algo me pasaba, nadie se preocuparía. A lo sumo, del trabajo me enviarían el telegrama de despido por faltas recurrentes. Gutiérrez buscaría otro blanco para sus estúpidos chistes y Marisa otro destinatario para su asco. Petrucci ni siquiera notaría mi falta; le quedaban decenas de empleados a quienes retar y salivar. Estos pensamientos me deprimieron más que la situación que me estaba tocando vivir.
En el piso había unas flechas rojas que intuí debía seguir para hallar la salida. Avancé en esa dirección hasta que me topé con una puerta diminuta. Un enano pasaría tranquilamente, pensé, pero yo tendría que valerme de capacidades contorsionistas que sabía que no poseía. Con mucho esfuerzo logré pasar; sólo me lastimé los brazos y la cadera. Seguí las flechas, que me trasladaron hasta otra puerta, pero que no tenía manija. Sólo había un botón que estaba a más de dos metros de altura, quizás tres. Intenté saltando pero no llegué. En una de las paredes laterales pude divisar una rejilla de ventilación que supuse me podía ayudar. Estaba colocada a presión, y para sacarla había que presionar una palanquita que se veía a través de un pequeño agujero. Sería ideal tener manos de enano, pensé en ese momento. Afortunadamente, una de mis llaves me permitió concretar con éxito la tarea. Removí la rejilla y la doblé apoyándola contra la pared y dándole un puntapié. La coloqué justo al costado de la puerta, tomé carrera, piqué sobre la rejilla y alcancé a tocar el botón de milagro. La puerta se abrió.
Transpirado pasé a la siguiente habitación. Sentí que era parte de un juego como el Súper Mario que tanto me gustaba. Tenía que sortear obstáculos y pasar de nivel en nivel hasta llegar al final y alzarme con mi premio, que en éste caso no sabía muy bien cuál era. De repente se apagaron las luces y comencé a escuchar ruidos extraños, como de cosas moviéndose. Lo único visible eran algunas de las flechas que había en el piso. Las intenté seguir pero algo me chocó y me movió hacia un costado. Nuevamente, algo volvió a embestirme y me hizo caer. Me puse de pie en medio de las tinieblas y algo me tomó del brazo y me hizo apurar el paso. Comencé a escuchar ruidos de bocinas que pasaban de un lado al otro de mi espectro auditivo. Estaba realmente asustado. Luego de algunos incordiosos minutos encontré la siguiente puerta.
Por suerte para mí, la nueva habitación tenía suficiente luz. La puerta de salida se encontraba arriba, luego de unas escaleras techadas. A mi lado había una silla de ruedas. Subí las escaleras gateando y llegué a la puerta pero no había manera de abrirla. Me di cuenta de que estaba parado sobre una plataforma. Pensé, acertadamente, que era una balanza. Bajé las escaleras e intenté levantar la silla de ruedas pero era demasiado pesada. Tendría que subir las escaleras montado en la silla, razoné. Me monté entonces y emprendí la misión. No sé cuanto tardé en subir, lo que puedo asegurar es que fue más de una hora y me costó muchísimo esfuerzo. Mis brazos, ya lastimados anteriormente, me dolían demasiado. Al llegar a la balanza con la silla, la puerta se abrió.
Ingresé totalmente extenuado. En la pequeña sala sólo había, además de las dos puertas, un pantalón que evidentemente no era de mi talle y una nota que decía: “Si logras ponerte esta prenda, la última puerta se abrirá”. Intenté calzar mi pierna derecha primero. Las costuras de los costados se rompieron. Lo mismo sucedió al intentar calzar mi pierna izquierda. Quise prender el botón y no había caso. Faltaba un buen trecho todavía. Metí la panza, tiré del pantalón hacía arriba y a duras penas, logré prenderlo. En ese momento se abrió la puerta y escuché aplausos.
Ridículamente vestido pasé por la puerta y todos los enanos, los ciegos y el gordo me aplaudían. El jefe me dijo: “Ahora que has pasado por todas nuestras penas, que gente como nosotros vive diariamente, espero que te hayas convertido en una nueva persona, más caritativa, mas empática, más solidaria. ¿Qué sientes estimado Jorge García?”. Mientras me quitaba el pantalón y el resto de la ropa un tanto ensangrentada, miré fijamente a los ojos del jefe de los enanos y le dije: “Todos ustedes están locos. ¿Qué clase de juego macabro es éste al que me acaban de someter? ¿Creen que el estar físicamente disminuidos les da el derecho de hacerme pasar por éste tormento bajo amenaza de muerte? ¿Tengo yo la culpa de que ustedes sean petisos? ¿Tengo yo la culpa de que aquel sea gordo? ¿Tengo yo la culpa de que ése –y señalé al enano travesti- le guste disfrazarse de mujer o de que esos dos no vean? ¿Eh? Yo creo que no. Todos ustedes son dignos de mi desprecio”.
No sé qué fue lo que más les molestó, si la crudeza de mis palabras o el hecho de que se dieron cuenta de que no me había transformado en una nueva persona, pero la cuestión es que todos pusieron cara de odio y saltaron sobre mí. Gracias a un buen movimiento de cintura, pude esquivarlos y salir por la puerta hacia el exterior. Mientras corría por la oscuridad de la noche podía sentir sus diminutos pasos acechándome. Me extrañó que los ciegos no abrieran fuego, aunque quizás si lo hayan hecho, sólo que apuntando hacia otro lado.
Luego de varios minutos me encontré solo en una ruta desierta. Ni rastros quedaban de mis perseguidores. No veía luces de autos ni casas ni personas. Sólo la inmensidad de la noche, el asfalto, el campo y yo. Todo por haber parado un taxi conducido por un enano loco.
FIN
Hacé que vuelva el megáfono.com!!! Todos lo estamos esperando, y si necesitas alguna tipo de colaboracion, chiflá.
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