
Al Casino de Puerto Madero”, le dije al taxista. Me miró por el espejo retrovisor y luego de hacer una mueca con sus labios dijo que ir a ese lugar representaba para él “una prueba muy grande”.
Al ver mi cara de desconcierto continuó: “Si. Yo me gastaba en el Barquito todo lo que ganaba acá arriba. Imagináte”. Puso primera y emprendió el camino, como dispuesto a probarse a sí mismo. El auto, bastante maltrecho, crujía por el adoquinado. “Mi señora, cuando se enteró, se llevó los pibes y se fue. Perdí todo culpa del juego”, confesó.
Le pregunté como hizo para salir del vicio, si es que lo había logrado. “Creo que lo logré. Quizás ahora me demuestre lo contrario”, dijo y soltó una carcajada que dejó ver la ausencia de un par de piezas dentales. Me reí con él. Hasta ese momento seguíamos en el camino correcto.
Néstor (así se llamaba según la ficha amarilla del conductor) maneja su propio taxi desde hace “más de veinte años, siempre de noche”. Sólo en situaciones particulares condujo bajo la luz del sol “porque la ciudad de día es un completo caos”.
De repente recordó que no me había contestado la pregunta que le había hecho unos minutos antes. “Creo que el golpe que sentí cuando mi señora me dejó fue fundamental para largar el vicio”, dijo y luego de tragar saliva continuó: “Además en el casino hice que me sacaran una foto para que no me dejaran entrar más. Es un servicio que ofrecen a los jugadores compulsivos. Es rarísimo, ¿no?”.
Me sorprendió la anécdota. Pero más me sorprendió el final de nuestro recorrido. Paró el auto en la entrada exterior del predio del casino, sin hacer los 200 ó 300 metros que faltaban para llegar a la puerta misma del Barquito. “¿No te molesta que te deje acá? -me preguntó-. Siento una cosa acá en el pecho y va a ser mejor que no entre”.
Le pedí disculpas y le pagué. Mientras caminaba hacia el casino, lugar donde pretendía encontrar una historia para contar, me di cuenta de que ya la había encontrado.
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