miércoles, 29 de abril de 2009

El espejo



Siempre detesté las reuniones familiares. Es más, creo que detesto a mi familia. No a todos, claro. Mi madre es una santa. Mi hermano Ricardo es un pobre infeliz que no le hace mal a nadie. Imposible odiarlo. A Zulma, mi tía, tampoco la odio. Es simpática, regalona y sobre todo, hace unas tortas muy ricas. A todos los demás no los soporto.

Por ejemplo a Joaquín, mi cuñado. Siempre anda con su sonrisa falsa y sus actuados buenos modales. No le creo nada. No entiendo que le vio mi hermana a semejante engendro de la naturaleza. Bueno, mi hermana Silvia tampoco es una luz. Apenas pudo terminar el colegio secundario la muy torpe. Suerte que mi padre era amigo del director y pudo arreglar algunas cuestiones que, de otro modo, la hubieran hecho repetir el cuarto año una y otra vez. Mi padre, otro personaje. Toda una vida sin trabajar. Conoce a medio mundo, eso sí, algunos con cierto poder en el mundo de la política. El bendito amiguismo argentino.

Podría seguir hablando de mi familia todo el día. Mis primas, todas ligeras de casco, como solía decir mi abuela. O mi abuelo, el ser humano más avaro del mundo. El hijo de puta no comía huevo para no tener que tirar la cáscara. Un tipo desagradable la verdad. Nunca me regaló ni una golosina. Mi tía Matilde, que tristeza. Era instrumentista hasta que la acusaron de mala praxis y se sumió en la más profunda de las depresiones. De sólo verla me dan ganas de pegarme un tiro en las encías. Cachito, su esposo, un chanta de aquellos. Se cansó de meterle los cuernos. Incluso llegó a seducir a su propia cuñada, Graciela, que dicho sea de paso nunca le hizo asco a nada. Una tramposa de primera línea, tanto o más que Cachito.

El domingo pasado mi abuelo, el tacaño, y mi abuela Luisa, a quien apodé “álgebra”, porque está llena de operaciones, festejaban su aniversario. Cumplían como doscientos años juntos. Entonces decidieron hacer una fiesta e invitaron a toda la parentela. ¡Maldición!, fue lo primero que dije no bien me enteré de la noticia.

Me había prometido no asistir bajo ningún punto de vista. Los recuerdos del último cumpleaños de mi padre todavía hacían estragos en mi cabeza. Todos borrachos, una prima vomitando, mi madre levantando la mesa antes de que terminemos de comer, Cachito mirándole el culo a su propia sobrina de 15 años. Un desastre. No entiendo porque justo vine a caer en esta familia.

La cuestión es que, a pesar de mis promesas, ese día estaba sentado en la mesa. A mi izquierda, Matilde y su cara de “en cualquier momento me clavo un cuchillo en la yugular”. A mi derecha, Tita, mi prima con su hediondo aroma a vaca preñada muerta de tres días. Por lo bajo los insultaba a todos, pero más me insultaba a mí mismo, por no haber podido encontrar la excusa para faltar a tamaña manifestación de mal gusto y falsedad.

Mientras todos comían, algunos contentos, otros falsamente contentos, como mi cuñado Joaquín y su estúpida sonrisa; otros amargados como Matilde, otros riéndose grotescamente como Cachito y otros tan ausentemente presentes, como mi hermano Ricardo; mientras todos comían, decía, se me ocurrió una idea. Me levanté, fui a buscar el espejo a la habitación de Silvia, y al volver comencé a gritar como un loco hasta que todos callaron y me prestaron su barata atención. Algunos no podían disimular su asombro.

Comencé diciendo que estaba harto de todos ellos. Que me parecían personas deplorables, llenas de miserias y defectos. Puse el espejo frente a Cachito y le dije: “¿Ves al pajero tramposo?”. Se quedó boquiabierto, sin poder articular palabra. Luego fue el turno de Matilde. “¿Ves a la depresión hecha persona?”, le pregunté. Apenas me miró, y se echó a llorar. “¿Ves lo desagradablemente tacaño que sos?”, le dije a mi abuelo, que me dirigió una mirada llena de odio. Seguí con mi raid de locura. Puse el espejo frente a la cara de mi cuñado y le dije: “¿Podés ver lo evidente que resulta tu falsedad?”. Improvisó una sonrisa nerviosa, mirando al resto de los estupefactos comensales.

Iba a seguir. Tenía preguntas del mismo calibre para todos ellos. Pero en ese momento mi madre, que había estado observando todo desde la puerta de la cocina, me dijo: “¡Marcelo! Y vos... ¿te miraste en el espejo alguna vez?”.

1 comentario:

  1. cheee!!!espero q este cuento no sea autoreferencial!!!tu primita....jajaja

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