viernes, 3 de julio de 2009

Tío querido




Ayer, 2 de julio, mi Tío Flaco hubiera cumplido años. Una muerte injusta –quizás la más injustas de todas- se lo llevó hace un tiempo y nos dejó –o me dejó- sin su querida presencia.

Pensar en él me lleva a recordar buenos tiempos pasados, de mi niñez cordobesa junto a mis tres hermanos, llena de travesuras que este buen tipo supo tolerar de la manera que lo hacen quienes tienen el corazón puro. Minetti –así lo llamaban- no albergó jamás la maldad, pese a ser sacudido por la puta vida de la manera más cruel.

Aureliano era su verdadero nombre, pero siempre quiso llamarse Daniel Wilfredo. Desconozco el origen de su tan particular deseo, pero si él quería llamarse así, entonces así lo recordaré, a pesar de que para mi y mis hermanos siempre haya sido el querido Tío Flaco (en mayúsculas).

Por él me hice hincha de River Plate, quizás como una manera de demostrarle todo el amor que le tuve desde chiquito, y que todavía le tengo y le tendré siempre a su hermoso recuerdo.

Minetti siempre decía que prefería cuidar a la tribu de los Cochise antes que cuidarnos a nosotros, por todas las travesuras infantiles que debía soportar mientras mis padres salían diariamente a buscar el pan en esas épocas humildes que podían testificar sobre una infancia privada de comodidades, pero abundantes en lo que realmente nos importaba: una casa, un patio grande con árboles, un tío amoroso y divertido.

Recuerdo mientras escribo estas palabras, por momentos borrosas y húmedas, que fue Daniel Wilfredo quien me contó mi primer chiste “verde”, a espaldas de sus hermanas Florencia y Ramonita. Y es hasta el día de hoy que ese chiste permanece intacto en mi memoria, y cada vez que quiero hacer reír y horrorizar a mi tía o a mi mamá, lo saco a relucir, y con él viene, ineludiblemente, el grato recuerdo de mi tío preferido.

Lo amo y lo extraño, maldigo las circunstancias que le depararon su destino, lamento no haber podido ayudarlo, lamento que nadie pudiera. Que un ser tan bueno, tan puro venga a este mundo a sufrir sólo me hace pensar en la inexistencia de un Dios, o en su existencia desfachatada. Tanta injusticia junta desgarra mi corazón, pero no tanto como lo desgarra saber que nunca le pude decir cuánto lo amaba.

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