miércoles, 10 de noviembre de 2010

El taxista



Oscar no le daba al pasajero la oportunidad de rechazar el convite de su conversación. Apenas recibía la indicación del destino empezaba a preguntar y no le importaban las ganas de nadie, salvo las suyas. Es que el trabajo de taxista es muy ingrato y solitario, decía, y además una charla no se le niega a nadie, agregaba.

—Hasta el aeropuerto por favor.

Un viaje de cuarenta minutos por lo menos: Oscar se frotó las manos y su rostro no pudo ocultar felicidad.

—¿Se va de viaje? —comenzó preguntando como para romper la gruesa capa fría que interfiere entre dos extraños.
—Digamos... Soy asistente de vuelo —contestó una bella y estilizada mujer, de unos 40 años muy bien llevados.
—Ahh... azafata.
—Sí —respondió ella sin ánimos de hacer aclaraciones.
—¿Y hoy para dónde le toca?
—Méjico.
—Ahh... Méjico. Qué lindo. Yo viví un par de años en el DF, trabajé en varias novelas como actor.
—No me diga.
—Sí, sí. ¿A usted le gustan las novelas mejicanas?
—No, no veo mucha televisión —contestó ella, empezando a cansarse de la conversación.
—Después me volví porque acá mejoró todo. Yo me había ido en el 2002. ¿Se acuerda de lo que era este país?
—Sí, claro. Aunque yo estaba en Nueva York en el momento del helicóptero.
—¿Y qué tal es la vida de azafata? —Oscar cambió bruscamente la conversación.
—Si sos una persona independiente, no tenés pareja y te gusta viajar, es excelente —contestó ella mirando por la ventanilla, deseando llegar lo antes posible al aeropuerto.
—¿Y usted tiene pareja?
—Mmm... sí.
—Qué lástima. Ya me le estaba por declarar —dijo Oscar, mirando a la mujer por el espejo, conteniendo la risa.

Ella sonrió y el taxista soltó una leve carcajada.

—Y dígame... ¿trabajó en alguna novela famosa? —preguntó ella, ahora entusiasmada por lo que había considerado un piropo de Oscar.
—En Méjico todas las novelas son famosas, aunque acá no sé. Una se llamaba “Pasión de gavilanes”.
—Me suena —dijo ella sinceramente.
—Se paga buen dinero en Méjico, así que uno acepta cualquier papel.
—¿Y usted de qué hacía?
—Yo era como un ayudante en el campo que tenían las protagonistas. Me la pasaba llevando fardos de pasto de un lugar a otro. La gente piensa que el mundo de la televisión es genial pero es mentira.
—Bueno, muchas personas piensan que el trabajo de asist... azafata es el mejor del mundo y nada que ver.
—Yo por eso manejo un taxi. Nadie me jode, no tengo jefes, trabajo la cantidad de horas que quiero, se gana bien, conozco mucha gente interesante.
—Yo no sé manejar —dijo ella sonriendo—, sino me convencía de pasarme a su gremio.

Oscar largó una nueva leve carcajada. En ese preciso momento entraba al estacionamiento del aeropuerto.

—Son 97 pesos señorita.
—Aquí tiene... déjese el vuelto. Hasta luego.
—Hasta luego, que tenga buen viaje. Cuando llegue allá prenda la tele, quizás me vea.

La mujer se alejó con una sonrisa, arrastrando su pequeña valija con ruedas. Oscar hizo unos metros más y un desprevenido lo paró.

—Buen día. Voy hasta el Obelisco.

Oscar pensó que era su día de suerte. Con alegría indisimulable puso primera y arrancó un nuevo viaje.

—¿De dónde viene? —preguntó.
—De Méjico.
—¿Y qué tal? ¿Es lindo? Me contaron que es un hermoso lugar.
—Si... depende dónde. Las playas son lindas, pero yo estuve en la capital y la verdad es que no es gran cosa.
—Nunca fui a Méjico y eso que durante años fui asistente de vuelo.
—¿Azafato?
—No, asistente de vuelo, no es lo mismo —contestó Oscar, un tanto indignado.
—¿Cuál sería la dif...?
—Fui a decenas de países —interrumpió el taxista—, pero a Méjico nunca me tocó. Cosas de la profesión.
—Yo voy siempre por trabajo.
—¿De qué trabaja?
—Desarrollo software.
—¿Y eso? —preguntó Oscar, desconcertado.
—Em... Hago programas para computadoras —contestó el pasajero, tratando de ser claro.
—Ahhh... y si, hoy en día todo pasa por las computadoras. Deben pagar bien, ¿no?
—Podrían pagar mejor. Y dígame, ¿porqué dejó el trabajo de asistente de vuelo? —preguntó para cambiar de tema, ya que le resultaba incómodo.
—Es que es un trabajo para alguien independiente, sin pareja y te tiene que encantar viajar, ¿entendés? Yo tengo mi esposa, mis hijos. El taxi es el trabajo ideal. No tengo jefes, laburo la cantidad de horas que quiero, gano bien.
—Entiendo —respondió el pasajero.
—Bueno, llegamos. Son 94 pesos.
—Acá tiene. Suerte.
—Chau, hasta luego.

Oscar encaró para el lado de Recoleta. En Callao y Quintana se subió un hombre de traje, de unos 50 años, recién afeitado.

—Hasta el edificio de IBM, ¿sabe dónde queda?
—Claro mi amigo, yo trabajé ahí un par de años desarrollando software.

1 comentario:

  1. Leo! hace mil que no entraba a tu blog. Me gusto mucho este cuento y el texto sobre Cleto, genial!

    Paulita

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