
De chico, a la distancia la medía en carpas de circo. Si desde Capital iba hacia provincia y pasaba una carpa de circo, estaba lejos. Si pasaba dos, estaba muy muy lejos. La casa de mi tía Isidora quedaba a poco más de una carpa de circo desde San Telmo. En cambio, el chalet de Diego Armando Sánchez, en Berazategui, quedaba a más de dos carpas de circo. Hasta ahí íbamos a trabajar todos los días con mi viejo. Fueron tres semanas del caluroso enero de 2002 durante las cuales construimos una medianera y una parrilla y pusimos un piso completo en el fondo.
En ese entonces, a los doce años, lo que menos quería era malgastar mi tiempo en ayudar a mi viejo con su trabajo, pero había algo en el aire, en la cotidianeidad familiar, como nunca antes, que me impedía oponerme. Sentía que lo debía hacer, que no me quedaba otra. Mi vieja me despertaba bien temprano, tipo siete, con una taza de mate cocido caliente y un pedazo de pan y quince minutos después estaba con mi viejo en la avenida Paseo Colón esperando el 159 que nos llevaría hasta lo de Sánchez.
Nunca pude dormir en el colectivo, ni siquiera a esa edad y con todo el sueño del mundo. Encima mi viejo era una persona de pocas palabras, así que solo me quedaba la ventanilla y lo que ella me mostraba durante ese largo viaje: edificios, el puente, monoblocks, casas bajas, una carpa de circo, ranchos, descampado, otra carpa de circo, casas bajas, un parquecito y ahí nos bajábamos, justo enfrente de la casa de Sánchez.
Hasta algunos meses antes, mi viejo había tenido ayudantes, como el negro Moreira, que para las fiestas se fue a su Uruguay natal y nunca más volvió, o el gordo Domínguez, que dejó su departamento de San Telmo y se mudó a Ituzaingó, creo, y otros tres más de los cuales no recuerdo sus nombres ni sus destinos. La cuestión es que para después del 31 mi viejo quedó solo para trabajar y me pidió que le diera una mano. No era mucho lo que yo podía hacer, pensaba, pero después, al terminar la obra, me di cuenta de que las simples tareas que realicé le ahorraron un montón de tiempo. Dos días de trabajo, por lo menos, según mis cálculos.
Diego Armando Sánchez, el dueño de la casa, tenía una agencia de quiniela que estaba enfrente de nosotros, y a su vez, según me enteré después por mi tío Juan, también trabajaba, entre comillas —así lo dijo— en un ministerio. Mi viejo, entre mezcla y ladrillos, me contó que a fines de los ochenta él le prestaba plata a Sánchez y que ahora el tipo tenía una agencia, un chalet y que nosotros se lo acondicionábamos por dos mangos. “Lo que es la vida”, dijo después de un largo suspiro.
Para cuando terminamos la medianera, el paisaje de la ventanilla había empezado a cambiar un poco: los ranchos estaban más amontonados, en los descampados algunas personas habían armado unas casillas precarias y la segunda carpa de circo estaba en pleno desarme. “Al menos ahora el viaje va a ser más corto”, dije y me auto celebré la ocurrencia porque miré a mi viejo pero él seguía con la vista perdida hacia el frente. De todas maneras no iba a entender el chiste, me consolé.
Ahora que lo pienso, el viaje de ida no era tan terrible, al menos no tanto como la vuelta; al cansancio por el trabajo del día se le sumaba el hecho de tener que viajar parados y encima, como casi siempre volvíamos de noche, el paisaje afuera se limitaba solamente a algunas lucecitas aquí y allá, por lo menos hasta llegar al puente, pero para ese entonces ya quedaba poco viaje hasta llegar a casa, donde mi vieja empezaría a decir que la plata no le había alcanzado, mi viejo le contestaría que él a la plata no la cagaba y luego discutirían durante largo rato. Así había sido el último mes, incluso durante las noches del 24 y el 31 de diciembre.
Un día, cuando faltaba poco para que termináramos todo el trabajo en el chalet, apareció Sánchez y dijo que quería la medianera más alta y con vidrio cortado arriba. Después de regatear el precio por el trabajo extra, nos ofreció llevarnos a casa en su auto porque tenía que pasar por la agencia. Ese día volvimos temprano, de día. Me acomodé en la cómoda butaca trasera para disfrutar el viaje de vuelta como nunca antes. La segunda carpa de circo ya era historia, al igual que el descampado, que ahora estaba poblado de casitas y chicos que corrían, perros, ropa colgada y algunas montañas de basura. Sánchez le hablaba a mi viejo, que solo se limitaba a asentir con la cabeza y a esbozar una leve y falsa sonrisa.
Terminamos de poner el último pedazo de vidrio alrededor de las cuatro de la tarde de un viernes de fines de enero. Acomodamos todo, guardamos las herramientas, Sánchez le pagó a mi viejo y nos fuimos a la parada del colectivo. Mientras esperábamos que viniera, pensaba en que la primera carpa todavía seguía en pie y le pregunté a mi viejo si alguna vez había ido al circo y me dijo que sí, cuando era chico y que le había gustado, que había visto a un oso andar en bicicleta. No entendió la pregunta como un interés mío por ir, así que yo también me hice el tonto y miré hacia el parque donde había unos chicos jugando a la pelota.
Vino el colectivo y por suerte había varios lugares libres. Nos sentamos en los últimos asientos, en esos cinco que están juntos al fondo. Hacía calor, así que abrí levemente la ventanilla para que entrara un poco de aire. El vientito me despejaba los pelos de la frente y la sensación era muy agradable, como de despreocupada libertad. Ahora lo pienso y era la satisfacción de haber terminado el trabajo y la vuelta a mis vacaciones, más merecidas que nunca.
Llegamos hasta la primera carpa de circo, la que estaba cerca de la casa de mi tía, y me llamó la atención el cartel que decía “Última funsión”, con ese, pero no por la falta de ortografía, que recién ahora, al recordarlo, descubro con gracia, sino porque desaparecía, pensaba yo, mi última oportunidad de conocer el circo. Pero para mi sorpresa, mi viejo se paró de repente y tocó timbre.
Esa fue la primera y única vez que fui al circo. Mientras duró el espectáculo me olvidé del mundo. Del trabajo, de las vacaciones, de las casillas precarias, del puente, de mi vieja, de todo. Recién cuando terminó y nos volvimos a subir al colectivo pensé en que habíamos gastado plata que nos hubiera podido servir para otra cosa más útil y se lo dije a mi viejo a pocas cuadras de casa. Él me miró con una sonrisa, me acarició la cabeza y no dijo nada, como siempre.
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