Me dirijo a una clínica que quedaba en un barrio al que nunca había ido en mi vida. Antes de llegar me topo con un ex compañero de trabajo que, me cuenta sorprendido, acababa de ver a otra ex compañera del mismo trabajo, que, descubro después, tenía turno en la misma clínica que yo. Cuando se me dan este tipo de coincidencias, significa que voy a tener un día extraño.
Mientras espero que me atiendan, al octogenario señor sentado a mi derecha le suena el celular repetidas veces y no lo atiende. La señora que está a mi izquierda lo mira como diciéndole algo con la mirada y el señor responde que lo escucha pero que no lo quiere atender. A partir de ahí se trenzan en una amable guerra de anécdotas y yo quedo en el medio de la balacera, incómodo.
Llega otra octogenaria persona, esta vez del sexo femenino, y le cedo caballerosamente el asiento, no tanto por la caballerosidad misma sino para salir del medio de los conversadores. Lo llaman al viejo y me vuelvo a sentar, cansado. Llega una señora, no tan vieja, así que me hice el distraído para no darle el asiento. Pasan veinte minutos y esa señora le pide a una auxiliar que por ahí pasaba si le podía conseguir una silla porque tenía un problema en la pierna y no podía estar parada. Después de quedar como la peor escoria del mundo, me levanto y le dejo la silla excusándome con no haberme dado cuenta. La otra señora me mira con cara de asco.
Salgo de la clínica con mi ex compañera y para saldar mi cuenta de buena persona, hasta ese momento en rojo, la invito a acercarla hasta la parada del colectivo. Cuando estamos subiendo a mi vehículo, una señora en auto con cara de amargada para y pregunta si conocemos la calle Lavalleja, a lo que respondo que no, y mi ex compañera, que ni siquiera sabía en qué provincia se encontraba, le responde de igual manera. La vieja amargada arranca y vemos, paradójicamente, que en su luneta tiene un calco que dice "Dios es mi guía". Pienso en que o cambia de Dios o se compra un GPS. Mi cuenta de buena persona vuelve a estar en rojo.
Después de dejar a mi ex compañera en la parada, noto con resquemor que la luz de tanque vacío está prendida, y con mucho más resquemor todavía, que mi billetera también tendría que tener esa luz para avisarme que no tengo un mango. No sé si acelerar o andar despacio para ahorrar nafta, así que no hago ni una cosa ni la otra. Postergo la reunión que tenía para ir hasta lo de mi madre que me quedaba, digamos, de paso, a ver si conseguía algún billete como para poder cargar algunos litros de dinosaurio estrujado, pero apenas entro mi vieja me pregunta si tengo un Sarmiento para prestarle.
Le muestro, desahuciado, mi billetera sin próceres y me doy la vuelta, sin saludar. En eso se me ocurre una gran idea: dirigirme a la estación de servicio de siempre, llenar el tanque y pagarle con mi tarjeta de crédito, que sé que tiene menos margen disponible que yo ganas de hacer dieta y así, una vez rechazada la operación con el plástico y jurarle que no tengo efectivo, que el tipo me diga "bueno, traéme la plata después". Total, ¿qué va a hacer sino? ¿Sacarme la nafta con una manguera y hacer esperar a la cola de clientes apurados? Sí. Exactamente eso. Es increíble como una idea es genial en la teoría y execrable en la práctica. Me pregunto a cuántos genios le habrá pasado lo mismo.
Me voy, notoriamente siendo objeto de insultos hacia mi madre, que de alguna manera se lo merece por no tener unos pesos para prestarme, y llego hasta el garage. Dejo el auto en la entrada con la nafta justa como para que lo estacionen y nada más y, previa suspensión de la reunión por mensaje de texto, me dirijo a mi morada para descansar después de un día extraño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario