Cuando me pidieron que construyera un robot sexual, los extraños ejecutivos de Axis fueron poco precisos: “queremos que se convierta en la compañía ideal del hombre”. ¿Qué hombre?, pregunté yo y todos ellos, al unísono, respondieron con carcajadas y unas cuantas palmaditas en mi omóplato izquierdo. Pero yo lo preguntaba en serio, y ahora voy a contar porqué.
¿Todos los hombres tienen el mismo gusto acaso? Como sabemos, hay quienes las prefieren rubias, morochas o negras. Están también quienes les gustan flacas, rellenitas o gordas. Pero no nos olvidemos de aquellos a quienes no le gustan las mujeres directamente: están los homosexuales, los zoofílicos y hasta los que se excitan penetrando un matambrito de cerdo tiernizado.
Entonces, ¿cómo podría yo, un simple ingeniero en robótica, construir al robot que tuviera que transformarse en la compañía ideal del hombre? No me quedó otra que basarme en mis gustos y en los de mi equipo de trabajo: Yasuhito Miyamoto, Koji Nakamura, Miro Tsuboi y Takashi Zaratrusta, hijo del presidente de Axis. Juntos emprendimos una ardua tarea que nos llevó catorce meses.
Los primeros dos meses fueron tranquilos. Prácticamente no hubo desacuerdos en la realización de los planos técnicos del robot. Sin embargo, la cosa se empezó a complicar a partir del tercer mes cuando Elisa 1.0 empezaba tomar forma. Mientras Yasuhito y Takashi se peleaban por el puesto de testeador de ciertas acciones motrices del robot, Miro perdió el 15 por ciento de su lengua al querer hacer un chiste con un prototipo de una vagina neumática.
A pesar de no poder hablar, Miro no quiso apartarse del proyecto. El puesto de testeador quedó en manos de Takashi, luego de que Yasuhito sufriera un horrendo accidente al quedar atrapado en la cinta transportadora que va a parar al soldador eléctrico. A pesar de la baja, continuamos trabajando en Elisa 1.0 sin descanso prácticamente.
Para el quinto mes ya teníamos el esqueleto del robot funcionando perfectamente. Las exhaustivas y prolongadas pruebas realizadas por Takashi rindieron sus frutos: bien valieron la penas las ojeras obtenidas, manifestó cuando le pregunté, preocupado al ver su desgastado aspecto. Según Koji, Takashi llegó a pasar hasta 14 horas seguidas probando el motorcito de la lengua de Elisa 1.0.
Por su parte, Koji, que en un principio se había encargado del aspecto emocional del robot, también realizó pruebas a la resistencia de las articulaciones de las manos. Sus ojeras, hacia el final del proyecto, adquirieron un color negruzco bastante llamativo. Yo, gracias a mi experiencia en el campo de la inteligencia artificial, me encargué del cerebro de Elisa 1.0 y puedo decir, sin falsa modestia, que logré un trabajo sorprendente.
Para el mes catorce teníamos todo listo: un robot sexual femenino que obedecía órdenes, no hacía cuestionamientos, cumplía todas las fantasías de su dueño con increíble ductilidad y además, como si esto fuera poco, era totalmente configurable en cuanto a su aspecto físico. También se le incorporaron funciones extra sexuales, es decir, Elisa 1.0 podía contar chistes, hacer las cosas de la casa sin quejarse, llevar una ordenada contabilidad casera y hasta podía guardar en su memoria la programación televisiva de todos los eventos deportivos del mes, entre otras cosas.
Un viernes por la tarde entregamos el producto terminado a los ejecutivos de Axis junto con un detallado manual de instrucciones. Nos dijeron que lo iban a probar durante el fin de semana y que el lunes tendríamos una respuesta para empezar la producción en serie. Mi equipo y yo, confiados por el trabajo realizado, nos fuimos a festejar a un conocido pub de Tokio.
El lunes temprano recibimos la visita de los ejecutivos, pero para nuestra sorpresa, la respuesta no fue la que esperábamos. No sólo no aprobaron el producto, sino que además nos adjuntaron una lista de todas las modificaciones que debíamos realizar para una nueva versión ya que Elisa 1.0, según propias palabras del presidente de Axis, “atentaba contra la especie humana”.
Indignado me apersoné en la oficina del mismísimo Kei Zaratrusta, ubicada en el último piso del rascacielos Yamamoto y le exigí explicaciones. Me contestó: “Elisa iba a ser un éxito de ventas. Pero yo, que me considero un hombre de Dios, no puedo permitir la extinción de la especie humana. ¿Para qué querría un hombre a una mujer si pudiera disponer de una Elisa así tal cual usted la concibió? Se acabaría el coito procreador para siempre estimado colega”.
Así habló Zaratrusta, y con un movimiento de brazo me invitó a salir por donde había entrado. Bajé los 236 pisos por el ascensor hasta mi oficina totalmente anonadado. Todavía quedaban hombres con principios, pensé y me fui a tomar un vermú con la Yamila.
jajajaja, muy pocos son los hombres con principios que quedan me parece. Más de uno querria una Elisa, o que nosotras seamos robots. Quien los entiende no? Igualmente no creo que un robot pueda reemplazar a un ser humano, pero quien sabe no?
ResponderEliminarhttp://soytuti.blogspot.com/
Lindo e interesante. LLegue acá a traves del blog de la Bassani.
ResponderEliminarSi lograran un robot perfecto pero masculino, la especie no correria peligro. Como siempre y en toda la historia, seguimos siendo más importantes.
Saludos!
Capaz eran gays...
ResponderEliminarSoy Elisa 1.0:
ResponderEliminar¡Pude hacerlo!!!! ¡Lo logré! No te preocupes por míEstoy con un hombre que me necesita y mi cerebro me ordena ayudar al necesitado.El hombre en cuestión es anciano y no sabe que hacer con sus euro (debo ayudarlo).
¿O no era así?