viernes, 17 de abril de 2009

Siempre se vuelve al primer amor



Se supone que uno no debería contar estas cosas, o hacerlas públicas, pero creo que mi experiencia le puede llegar a servir a algún que otro adolescente interesado en debutar sexualmente, ya que ésta es una situación que puede dejar una marca indeleble en la vida del varón, y lo mejor es salir airoso de semejante desafío, no sólo físico, sino también emocional.

Finalizaba la década del ochenta cuando empecé a sentir ciertas inclinaciones al placer onanista. El problema que tenía al ejercer ese derecho inalienable era que, apurado por verle la cara a Dios, tomaba pocos recaudos para evitar ser descubierto. Así, una vez dejé sin trabar la puerta del baño y, como además había dejado la luz apagada, mi madre entró y se encontró con la dantesca escena de mi cuerpo desnudo, con una revista de Graciela Alfano en la mano izquierda, y acogotando la gallina con la derecha. No sé si fue el susto, o la impresión que me causó la situación, la cuestión es que ese día no pude terminar con mi cometido, y tampoco lo pude volver intentar por una semana. Sin embargo las consecuencias del incidente fueron mucho peores para mi madre; hablando con mi padre, averigüé que no pudo dormir bien por meses, cuando ella era bien conocida por su facilidad para conciliar el sueño.

Otra vez, recuerdo, un sábado a la noche me quedé viendo televisión hasta que toda mi familia se fue a dormir. La excusa había sido poco creíble (dije que me quería quedar a ver una pelea que daban por Space), pero aún así mis padres no se opusieron a mi supuesta afición pugilística. Una vez que hube comprobado que todos dormían plácidamente, sintonicé el canal porno que, aunque estaba codificado, por momentos se congelaban las molestas rayas verticales y se podía ver nítidamente alguna que otra teta o, en el mejor de los casos, unos suculentos segundos del más puro sexo explícito.

Y así estaba yo entonces, dale que dale, invirtiendo el 50% de mi energía en el movimiento mecánico de mi brazo, y el otro 50% en tratar de dilucidar qué carajo era eso que aparecía entre raya y raya cuando de repente miro hacia la puerta del comedor y la veo a mi hermana observándome perpleja, patitiesa, recién llegada de un baile escolar, evento que yo, por supuesto, había olvidado por completo. Hasta el día de hoy, mis padres me culpan de que ella haya elegido el lesbianismo como preferencia sexual.

De todas formas, la más embarazosa fue aquella vez que me encontraron tirado semi desnudo en el baño, exhausto, producto de la llevada a la práctica de una apuesta que hice con mis compañeros, quienes me desafiaron a romper el récord de un peso pesado del colegio en materia onanista, el colorado Ferreyra, dueño de una marca imposible: ocho seguidas al hilo, sin calambre de antebrazo. Obviamente no pude superar el récord. Lo último que recuerdo de ese momento fue un grito que me salió de adentro: “¡Seis! Vamos carajo”.

Afortunadamente, producto de todas esas nefastas experiencias, fui abandonando el vicio de a poco, para adentrarme en mi próxima obsesión: el debut sexual. Anduve meditabundo un tiempo, tratando de conseguir alguna chica inexperta con la cual compartir la experiencia, pero mis famosos actos personales se filtraron y no pasó mucho hasta que todo el colegio se enteró, y las chicas huían de mi como si yo fuera un leproso con tuberculosis, sin mencionar que hasta el portero me llegó a saludar llamándome “muñeca brava”.

La cuestión es que no me quedó otra que acudir a una meretriz, y nadie estaba más capacitado que mi tío Ricardo, el putañero más famoso del barrio, para recomendarme alguna. Andá con Petit Luisa -dijo mientras se bebía un frasquito de quitaesmalte- y avisále que vas de parte mía. Una hora más tarde llegué a la dirección indicada y me atendió un pelado panzón que vestía una musculosa que bien podía ser confundida con un trapo de piso. “¿A quién venís a ver?”, me dijo con una voz que me hizo recordar a los campeonatos de eructos que hacía con mis hermanos varones. “A Petit Luisa”, dije, y el tipo se empezó a reír de una manera por demás desagradable, no sólo por las pocas piezas dentales que tenía, sino porque además muchas gotas de saliva se desprendían de su hocico e impactaban de lleno en la camisa nueva que había elegido para ese día tan especial.

Pasado ese mal momento, llegué a la habitación, que dicho sea de paso no se destacaba por su pulcritud, pero era bastante acogedora. Un velador con un pañuelo rojo iluminaba tenuemente el lugar y en el aire flotaba un aroma que no pude distinguir si olía a repollo hervido o a pescado al escabeche.

Esperé sentado en la cama unos minutos hasta que hizo su aparición Petit Luisa. Debo admitir que la imagen me shockeó, aunque no como yo esperaba. Es hasta el día de hoy que no entiendo porque se hizo llamar Petit, ya que, según mis cálculos, medía alrededor de un metro noventa y cinco. Habrá sido algo irónico, supongo.

Petit Luisa vestía un babydoll muy sugerente que no dejaba lugar a la imaginación. Lo que si tuve que imaginar fue su cintura, ya que no podía verla por ningún lugar de su anatomía. “Vení papito”, me dijo y me levantó de la cama usando un solo brazo. Me apretó contra ella, y a juzgar por su olor, debía de venir directamente de una maratón. Traté de apartarla un poco, pero mis esfuerzos fueron en vano; su fuerza era la de un guerrero espartano. Por suerte notó mi desapego a su cariño, entonces me empujó y me hizo caer acostado en la cama. Mientras intentaba recuperarme del dolor de nuca que me provocó el empujón, Petit Luisa se arrodilló y me quitó los pantalones. Se ve que en ese momento la inundó el perfume que me había colocado en la zona genital -consejo de mi amigo Silvio-, y pareció enloquecer. Se puso de pie y comenzó a bailar, quitándose el babydoll de a poco, tratando de simular un striptease, supongo, pero aquello era más bien parecido a una danza indígena de algún lugar remoto de Africa.

Tengo que admitir que en ese momento me espanté, y lo único que quería era desaparecer de ahí, y poder apuñalar a mi tío Ricardo con un cuchillo Tramontina. Sin un atisbo de excitación, sino más bien todo lo contrario, me dirigí a ella y poniendo cara de “¡uh, qué macana!”, le dije que se me había hecho tarde y que tenía que ir a la circuncisión del hijo de Samuel Aneksztejn, pero al pronunciar el apellido se echó a reír de una manera tanto o más desagradable que la del portero pelado y panzón.

Luego de tamaña muestra de hilaridad espeluznante, Petit Luisa se serenó y, completamente desnuda, me dijo: “hacéme tuya papito”, y se tiró al piso con las piernas abiertas. Qué diferentes son las cosas en la vida real, pensé, al recordar las mujeres que poblaban las revistas de mi amigo Silvio.

En ese instante llegué a la conclusión que si no hacía lo que había ido a hacer a ese lugar, Petit Luisa no me dejaría ir, por lo que no me quedó otra que intentar llevar a cabo el acto del que me arrepentiría toda mi vida. Tragué saliva, me quité la ropa y me abalancé sobre ese bosque pardo y marañoso. “Oh yeah”, gritó ella, no sé si burlándose de mí, o intentando actuar para que no me sintiera mal, tarea imposible si las había en ese momento.

Durante un lapso de tiempo que no puedo precisar, estuve ahí haciendo ridículos movimientos, intentando penetrar algo que no hubiera podido ni haciendo uso de una motosierra, saqué a relucir mis dotes actorales y, con un gemido que bien podría haber sido un grito de desesperación, puse la cara de idiota que siempre imaginé poner en mis momentos de “muñeca brava” y me levanté. Petit Luisa hizo lo mismo, no sin antes reventarse un grano que tenía en la ingle, imagen que me provocó un par de arcadas que de haber comido algo durante las 12 horas anteriores, hubiera decorado el piso con un charco variopinto de lo más desagradable.

“Son cincuenta”, dijo Luisa y me extendió la mano. No pude dejar de pensar en todo el placer que podría haber obtenido con ese monto: diez revistas eróticas, o tres películas porno, o dos mostradas de tetas de Miriam, la de quinto año. Sin embargo, como buen cristiano, le deposité el reluciente billete y me dirigí hacia la puerta, contento de haber terminado con el incordio previo.

Si yo tuve la culpa del lesbianismo de mi hermana, sin dudas mi tío Ricardo tiene la culpa de que nunca haya querido volver a estar con una mujer y de haber vuelto a la primaria pasión que pobló mis jóvenes días de placeres y vergüenzas.

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