
Odio ir al médico, por eso siempre espero hasta el último momento para ir. Me tengo que estar muriendo del dolor para finalmente tomar la decisión de sacar un turno y concurrir al nosocomio –siempre quise usar esta palabra- a fin de que me curen, o, en el peor de los casos, me encuentren otra falencia de mi organismo que merezca ser tratada cuanto antes.
Esta vez tenía un dolor en el dedo gordo del pie izquierdo que me anduvo molestando durante los últimos doce meses, culpa de un partido de fútbol. Sí, estaba mirando un cotejo del campeonato de Islas Feroe en pantuflas cuando pasó mi padre por delante y puso sus 114 kilos y 350 gramos sobre mi dedito. No sólo no me pidió disculpas sino que además hizo como si mi anatomía hubiera sido parte del mismísimo parqué.
Luego de los insultos correspondientes hacia su madre, o sea, mi abuela –que en paz descanse-, continué viendo el partido, acompañado de una bolsa de papas fritas, bebida dietética y medio kilo de helado. Aún hoy recuerdo el resultado del encuentro: Torshavn le ganó 2 a 1 a Toftir. Lo que no recuerdo es quienes hicieron los goles.
En fin, volviendo al tema del dedo, llegó el día del turno y concurrí al afamado instituto especializado en cuestiones óseas. Me atendió una señorita con evidente mal humor, quien luego de decirme el número del consultorio por el cual me llamarían, se acordó de la madre de alguien, según pude leer en sus labios.
Me senté a esperar mientras miraba pasar lisiados de todo tipo, algunos de los cuales tenían yeso en partes del cuerpo que nunca me hubiera imaginado que se podían enyesar. Al rato llegó una señora joven, muy bonita por cierto, con su pequeño hijo; éste tenía rulos negros, bermudas beige y una camisita rayada que podría ser la envidia del mismísimo muñeco Chirolita.
Mientras la madre era atendida yo la observaba con muy poco disimulo; me pude dar cuenta de esto al desviar la vista por un segundo y encontrar la mirada de asco de la octogenaria que tenía enfrente mío. De haber podido abrir ella la boca me hubiera escupido sin duda alguna.
El chiquillo jugaba a mí alrededor con un hombre araña y un autito de plástico. A los minutos ya me empezó a molestar que chocara sus juguetes contra mi pie dolorido. Si no hubiera sido por el doctor que gritó mi apellido, le habría hecho “la planchita” a cachetazos.
Una vez adentro del consultorio, el galeno me solicitó que tenga a bien descalzarme y mostrarle el dedo, y como yo soy un tipo obediente, le hice caso. Luego de analizarlo fríamente, el doctor tomó mi pie como si estuviera agarrando pañales sucios y presionando el dedo gordo hacia arriba, preguntó: “¿Te duele esto?”. En ningún momento dije que sí, pero debido al grito que salió desde mis entrañas, asumió que mi respuesta era positiva.
“¿Qué tengo doctor?”, le pregunté mientras soñaba con una inyección de morfina en el pie. “Hallux Rigidus”, dijo como si fuera Harry Potter. Comencé a reírme, dando por sentado que se trataba de un chiste, pero al ver su expresión adusta y hasta con cierto dejo de odio, me puse muy serio. “Hay que operar”, continuó diciendo y comenzó a escribir recetas en una letra que no entendería ni el más afamado de los criptógrafos egipcios.
Al rato me encontraba esperando para unas radiografías. Aparentemente el Hallux Rigidus no es moco de pavo, por lo que hay que certificar el diagnóstico con unas buenas placas. En la cola había una señora que se me puso a hablar del tiempo, y de lo mal que le hacía el calor. A esa altura yo solo quería irme, por lo que usé la táctica de respuesta monosilábica afirmativa, o sea, le decía a todo que sí.
No me fue bien con la táctica, ya que una de sus preguntas aparentemente fue “¿querés ver las ronchas que me deja el sol?”. Y acto seguido se hizo a un lado el pelo y me mostró unas cosas horrendas que tenía detrás de la oreja. Estuve a punto de vomitar, pero por suerte aparecieron las piernas de la madre del nene ruludo y me distraje felizmente hasta que me llamaron para las radiografías.
Finalmente el doctor Potter estaba en lo cierto, y mi Hallux Rigidus requería cirugía. Me dio un centenar de papeles con recetas, turnos, solicitudes de autorización y creo que hasta se le coló el pedido del supermercado. De haber entendido su letra, quizás le hubiera hecho la gauchada de ir a comprarle los víveres, puesto que aún tenía un par de horas libres.
Luego de lidiar nuevamente con la señorita del mal humor para que me gestionara todo lo relacionado a la internación, me dirigí hacia la obra social para autorizar la operación, y una señorita, también de evidente mal humor, me dijo: “Tiene que traer esto y esto sellado, completar este formulario, y en un plazo de 10 días hábiles le contestan si autorizan la operación o no. Buenas tardes. El que sigue”. Por todo esto, entre otras cosas, es que odio ir al médico.
Pobre leito, te pasan todas a vos!!
ResponderEliminarParece que a la hora de bautizar la anatomía humana, los antiguos empezaron de arriba para abajo. A la zabiola la llamaron cráneo, al pecho, tórax. Son nombres bien sonoros, importantes. Pero ya a la cadera la llamaron pelvis, como anticipando la llegada de Presley. Y cuando llegaron al dedo gordo se les acabaron los nombres buenos. Porque eso de ponerle "hallux"... lo mataron, pobre dedo.
ResponderEliminaruhh q mal, espero que te mejores. Saludos Leo
ResponderEliminar