
Estaba sentado en el escalón de la entrada de mi casa. Invertía mi tiempo en ver a la gente pasar. Era un domingo tranquilo, tanto igual que los otros domingos, nada especial. En eso se acerca un señor muy circunspecto, con cara de buen samaritano y me pregunta: "¿Vos creés en Dios?".
Le respondí que no con la intención de no alargar la conversación, pero él no captó la indirecta. "Te propongo algo", me dijo, a lo que yo respondí con el levantamiento de mi ceja izquierda en señal de interés, poco, pero interés al fin.
"Hoy, en cualquier momento del día ponéte a orar y pedile a Dios lo que quieras, y Él te lo va a conceder. Pero pedilo con fé", me dijo, a lo que yo respondí con inquietudes que el buen samaritano evidentemente no esperaba.
- ¿Para qué sirve orar?
- Orar es hablar con Dios. Le podés pedir lo que quieras, Él es todopoderoso.
- Le hago una pregunta entonces. Si se enfrentan dos equipos de fútbol, cuyos jugadores son todos creyentes, y todos a la vez le piden a Dios el triunfo, ¿quién gana el partido?
- El equipo que Dios quiera.
- Entonces, ¿para qué pedirle algo a Dios si Él va a hacer lo que se le dé la gana?
- ...
El buen samaritano carraspeó y siguió el camino que había interrumpido minutos antes. Era un domingo tranquilo, y quería seguir viendo a la gente pasar.
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