jueves, 31 de diciembre de 2009

La venganza



Ella dormía satisfecha, como sin culpa ni preocupaciones. Ocupaba casi toda la cama como siempre. Esta vez él estaba despierto, sentado en un rincón, con el mentón apoyado en sus rodillas y los ojos lacrimosos. Un haz de luz se colaba por un agujero de la vieja persiana blanca y hacía relucir, de a ratos, el cuchillo que sostenía su nerviosa mano izquierda. Debían de ser las ocho y media, no más. Afuera estaba nublado.

No apartaba la vista del cuerpo casi perfecto de su esposa. Reconocer esa perfección lo llevaba, inconscientemente, a asir con fuerza el mango del cuchillo; no advertía siquiera como se tensaban los tendones de su mano. Ese mismo cuerpo que años antes lo había seducido, ahora le provocaba odio y rabia.

Se incorporó y fue a hasta la cocina. Abrió la alacena, y detrás de unos paquetes de arroz sacó una botella de vodka. Sirvió una medida en un vaso, pero terminó bebiendo del pico, un trago, dos, tres. Sintió como un fuego líquido penetraba en su organismo. Intentó dejar de pensar, pero el alcohol era como una brisa que avivaba aún más las llamas de sus recuerdos. Volvió a sentarse, aunque para él haya sido dejarse caer. Quedó apoyado contra la heladera, agarrando la botella con las dos manos. El cuchillo había quedado sobre la mesada. Bebió un trago más y las lágrimas desbordaron sus ojos, que seguían destilando rabia e impotencia. Quiso evitar un sollozo pero no lo logró, y eso lo enojó consigo mismo. Había jurado no permitírselo.

Se levantó ayudándose con una mano. Cambió la botella por el cuchillo y se dirigió hacia la habitación. Ella estaba en otra posición. Las sábanas se habían corrido hasta casi caerse de la cama, y ahora sólo cubrían sus piernas.

Recorrió el cuerpo de su esposa con la vista nublada. Primero los glúteos, luego la espalda y finalmente el pelo y el rostro. Reprimió un nuevo sollozo. Ella, soñolienta, se movió un poco, como queriendo darse vuelta y eso lo alarmó; no quería que se despertara, no lo soportaría.

Sabía que debía tomar una decisión en ese preciso segundo, aunque no había podido hacerlo durante toda una noche. Ella despertó y se asustó al sentir la presencia de su esposo en la oscuridad de la habitación. Sus pupilas se contrajeron, como buscando una imagen más nítida. La sobresaltó el estado en el que se encontraba su marido y se quiso incorporar, pero él no toleró la intención, cualquiera que haya sido.

Levantó el cuchillo ante la mirada horrorizada de su mujer y, dirigiéndole una mirada vacía, se cortó el cuello. Mientras caía pesadamente, unas lágrimas corrían por su rostro y concluían en su boca. Justo antes de morir observó el ataque de nervios de su amada.

Alcanzó a pasar la lengua por sus labios y el sabor de la venganza le resultó agradable.

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