martes, 16 de febrero de 2010

El Calafate



Llegué al aeropuerto de El Calafate a eso de las once de la mañana. Una señora apartó mi bolso de la cinta transportadora para revisar que no trajera “vegetales prohibidos”. Por suerte la marihuana estaba en mi mochila. Al alcanzar la calle, el viento casi me deja calvo. Afortunadamente un señor con un cartelito con mi apellido me esperaba para llevarme hasta la hostería en un lindo auto.


Me alojé en una habitación con el techo inclinado, pero con una muy linda vista. Lo malo del techo inclinado era que cuando uno se levantaba de repente de la cama, se rompía la cabeza con alguna de las vigas que lo sostenían. Eso me sucedió varias veces, a razón de dos por día, lo que me hizo meditar sobre la estupidez humana, y especialmente, sobre mí propia estupidez.

Fui a conocer el centro de El Calafate. Básicamente era una avenida de seis o siete cuadras de largo con negocios de todo tipo. Divisé una parrilla libre, que por solamente 60 pesos más bebida, le permitían a uno comer todo el cordero patagónico que pudiera. El local era atendido por un chino muy simpático. Vestía una chomba, pantalones a la altura del pecho y unos mocasines negros.

Con hambre –y un plato en la mano- me dirigí a la parrilla. Le pedí costilla de cordero al parrillero pero este me contestó que no había. Desconfiado, miré por sobre su hombro y alcancé a ver muchas costillas de cordero. ¿Y eso?, le pregunté. Esas están reservadas, me contestó, e inmediatamente agregó: No, mentira. Acto seguido me sirvió. El humor patagónico no es tan bueno como el cordero.

Luego de saciar mi hambre seguí recorriendo el centro. Me llamó la atención la cantidad de perros callejeros que había, y también el nombre de un supermercado: “La tostadora moderna”. ¿A qué clase de persona se le puede ocurrir un nombre semejante para un supermercado? No quise pensar en ello y me fui a la hostería a descansar.

Al día siguiente fui a conocer el famoso Glaciar Perito Moreno. Muy bonito la verdad. Lo destacable de la excursión fue:

a) Una señora de avanzada edad con severos problemas motrices se sentó en el primer asiento del micro, por lo que cada vez que teníamos que bajar debíamos invertir alrededor de media hora en espera, hasta que por fin la anciana lograba levantarse de su asiento. Lo mismo al volver al micro.
b) En el bar de la entrada a las pasarelas del glaciar, un simple sándwich de jamón y queso –es decir, sin lechuga ni tomate ni huevo ni nada- costaba 25 pesos.
c) La guía turística era idéntica a la que me vendió la excursión, pero nunca me atreví a preguntarle si eran hermanas o qué.

Al otro día intenté comprar algunos recuerditos para la gente que siempre espera algo cuando uno se va de vacaciones. Me interesé por un títere de dedo que vi en una vidriera, pero rápidamente me desinteresé cuando el vendedor me dijo que costaba 160 pesos. Huí despavorido del lugar, temeroso de que cobraran por estar ahí, o por el sólo hecho de respirar su –seguramente- costoso oxígeno.

Llegó el turno del turismo aventura: Mountain Bike en el cerro Frías. Por la mañana, desoyendo el consejo que una vez me brindara el profesor de gimnasia de la secundaria, el querido Rossi (“nunca tomes leche antes de hacer una actividad física”, decía), me preparé un rico desayuno, obviamente, con leche.
Bueno, sólo voy a contar que pude hacer apenas un kilómetro de recorrido antes de caer desmayado en el medio de la naturaleza.

Finalmente, luego de unos días demasiado poco interesantes como para describirlos, emprendí el regreso a Buenos Aires. Me recibió una masa de aire cálido –demasiado cálido para mi gusto- y un taxista con pasado de piloto de fórmula uno, dada su manera de manejar por las peligrosas calles porteñas.
Al abrir la puerta de mi departamento, la gente de Visa, Mastercard, Aguas Argentinas, Edenor y Telecom me recordaba que les debía dinero.

4 comentarios:

  1. "La Tostadora Moderna" es una cadenita de supermercados (cero que sólo existen la casa central, en San Julián, y ese que viste vos en Calafate). La razón de su nombre está justamente en la casa central. Se trata de una tostadora de café, masomenos del tamaño de un fiat 600, que en su época fue lo más moderno de la zona. Sus dueños, descendientes del fundador Constantino Michudis, la exhiben aún con orgullo.
    Si hubieras pasado por Gallegos te hubiera mostrado el nuevo local de la ferretería más vieja de la ciudad. Que se llama, desde siempre, Ferretería Moderna. Cuando se mudaron al nuevo local quisieron dejar en claro que se trataba de la misma ferretería de antes, no de unos advenedizos recién llegados (parece que en la Patagonia el peor pecado es haber llegado recién, y después vienen la soberbia, la ira y todos esos). Por eso su cartel actual reza: "Antigua Ferretería Moderna".
    Quien quiera ver una paradoja en ello, puede.
    Un abrazo

    Eduardo

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  2. ojala que lo hayas disfrutado tio te lo merecias un besote grande con amor tu sobrinita alias hermosura jajajajaja




    O.O

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  3. quien te ha visto y quien te ve!
    de calafate a las vegas, casi casi sin escalas!

    Gisi

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