
Terminé la secundaria sólo para no tener que discutir con mi viejo todos los días. El muy hijo de puta tiene la mano pesada y cada vez que me asesta un golpe me queda doliendo por días y días. Mi madre es una dominada. No la culpo, teniendo a ese gorila de esposo. Se pasa el día en casa porque así quedó establecido implícitamente por él. Ella preferiría trabajar o estudiar, pero desde que se casó abandonó todas sus pretensiones, por miedo, o por amor, que para el caso es lo mismo. Mi familia me deprime.
El otro día estaba en mi habitación escuchando música y vino mi madre a pedir que bajara el volumen porque a mi puto padre le molestaba. En realidad vino ella porque si venía él íbamos a terminar mal. Verla a mi vieja sucumbir con temor a su ciclotimia imbécil me transforma, por eso le dije que si quería que lo bajara me lo viniera a pedir él. Vino. No tengo que seguir contando como terminó todo.
Con un ojo hinchado me fui a lo del gordo, pero el muy maricón estaba durmiendo, y la vieja puta de su madre no me dejó entrar a despertarlo, así que me tuve que ir solo a tomar una cerveza. Compré una de litro en lo del chino y cuando me dirigía a la plaza se me acercó una señora. Tenía bigotes, el pelo canoso recogido, le faltaban algunos dientes y su aliento olía a mierda. Me preguntó si había visto a un niño de unos cinco años. Negué con la cabeza y seguí caminando para evitar seguir sintiendo su aroma putrefacto.
Al llegar la plaza, bajando unos escalones, me topé con un pendejito. Estaba solo y jugaba con un muñeco decapitado. Pensé en acercarme y avisarle que una vieja horrible lo andaba buscando pero me arrepentí y seguí caminando hasta la parte de los bancos. Al llegar me senté y me bajé la botella en unos pocos minutos. Me quedé con ganas de más, pero no tenía más que monedas.
Llegué a casa a eso de las dos de la mañana. Mi vieja estaba despierta. Al parecer la depresión no la dejaba dormir. Me preguntó si yo estaba bien, pero sin contestarle me fui a mi habitación y cerré la puerta con llave. Me tiré en la cama y me dormí vestido.
Al otro día cuando desperté me dolía el ojo y olía asquerosamente. Me acordé de la vieja de la boca podrida. Me levanté porque me meaba, abrí la puerta y fui al baño, pero estaba ocupado. Pregunté quien estaba y mi viejo lanzó un gruñido desde adentro. Me senté en el piso a esperar. Podía escuchar los pedos que se tiraba el muy hijo de puta. No sé cuánto tiempo estuve ahí sentado, pero llegó un momento en que no pude aguantar las ganas de mear y me hice encima. También mojé la alfombra. Ninguna de las dos cosas me importó demasiado.
Cuando salió mi viejo me metí como un rayo y el muy puto no tuvo tiempo de agarrarme para recriminarme el haberle meado la alfombra. Desde adentro del baño lo escuchaba putear. También le gritaba a mi vieja. Me di una ducha rápida; no soportaba el agua caliente sobre el ojo hinchado. Me sequé con el único toallón que había, el de mi viejo, y me puse la misma ropa que me había quitado minutos antes. Al salir mi viejo me increpó, me agarró de la remera como si tuviera solapas y creo que hasta me levantó unos centímetros. Puso su cara enfrente de la mía, y me empezó a escupir sus reproches sin que yo los escuchase. Juro que no sé que me dijo. Finalmente me soltó y mientras se iba dijo que yo no valía la pena, o algo así.
Mi vieja a todo esto miraba desde unos cinco metros, con lágrimas en los ojos. Me dedicó una mirada de piedad, no sé si pretendiendo que yo recapacitase o pidiéndome perdón en nombre del gorila de su esposo. No lo pude saber.
Al rato estaba en la calle. Decidí caminar unas cuadras en azarosa dirección. Quería pensar, pero el dolor de ojo me lo impedía. Me fui de nuevo a la plaza. Al llegar me sorprendió ver a la vieja de mal aliento, pero aún más me sorprendió ver a metros de ella al pendejito jugando con el muñeco decapitado. Al final era él nomás, pensé. Me senté en un banco al lado de una chica muy linda. Tenía unas piernas hermosas, muy blancas. Mirarla me calentó. Le pregunté si quería ir a tomar algo conmigo. Me dijo que no seriamente, se levantó y se fue.
Fui hasta la casa del gordo, pero el muy hijo de puta seguía durmiendo. La madre, con mala cara, me dijo cuando se despertara le iba a decir que me llame. Me di media vuelta antes de que terminara la frase y caminé sin rumbo. Llegué hasta una plaza donde unos pibes fumaban. Les pedí un cigarrillo, y uno de gorrita me dijo que no tenían. Les pregunté que fumaban y me miraron feo, pero como vieron que mi rostro siguió impasible, me respondieron que fumaban paco. Les pedí que me convidaran y me dijeron que me vaya, que si quería, al otro lado de la plaza había un negro que vendía.
Me fijé en el bolsillo y tenía dos billetes de 2 pesos y algunas monedas. Fui a buscar al negro. Apoyado en un árbol había un pibe que miraba hacia todos lados. Me acerqué a él y me miró con desconfianza. Era muy negro, pero no tipo africano. Tenía los dientes de adelante muy separados, la nariz ancha, y el pelo crespo. Le pregunté cuanto salía el paco. Miró hacia todos lados, y me preguntó quien me mandaba. Le señalé a los pibes que estaban en la otra punta de la plaza. Dos pesos me dijo. Dame dos, le dije.
Me fui con mis dos dosis de paco hasta donde estaban los pibes fumando para que me enseñaran. El de gorrita me enseñó pero con una de mis dosis. Me fumé la otra y me alejé. Segundos después se me apagó la tele, como dicen. Se me puso todo oscuro y una extraña sensación me blanqueó los pensamientos. Creo que me dormí, o me desmayé.
Me desperté en mi cama, con mi vieja llorando y mi viejo con furia en los ojos. Me empezaron a reprochar cosas que no entendía, seguramente porque no les prestaba atención. Sólo podía atender el dolor de cabeza que tenía. Sentía como si tuviera una pelota en la cabeza, una pelota que se inflaba cada vez más, queriendo hacer estallar mi cráneo en mil pedazos desde adentro hacia afuera. Por la puerta apareció un tipo con cara de gil, peinado raya la medio. Era un médico. Me puse una inyección en el brazo que segundos después me bajó la persiana.
Cuando desperté era de noche. Sentía un hambre terrible y tenía la boca reseca. Me levanté y sentí miles de dolores: la cabeza, las piernas, el ojo. Fui hasta la cocina y de la heladera saqué una porción de pizza y la comí desesperadamente. Abrí una botella de Coca y bebí del pico sin parar. La casa estaba vacía; éramos sólo mis fantasmas y yo. Me acosté y prendí la tele, pero las imágenes brillantes eran agujas en mis ojos. La apagué. Me quedé mirando el techo y sentí ganas de fumar paco nuevamente. Quería escapar.
Busqué plata por todos lados pero nada. Seguramente el puto de mi viejo se había encargado de hacer desaparecer cualquier rastro de valor de la casa. Ni siquiera estaban los anillos de mi vieja sobre la mesita de luz de su habitación. Revolví el placar de ellos y nada: sólo ropa horrible. Fui hasta la cocina y agarré un cuchillo y un encendedor. Me vestí y salí. Eran casi las diez de la noche.
Caminé varias cuadras en dirección del parque. En la parada del 22 vi una presa fácil: una chica joven mandando un mensaje de texto con su celular. Me acerqué y al verme se asustó y guardó el celular en su cartera. Le mostré el cuchillo y le dije que no gritara porque sino le iba a cortar el cuello. Le pedí la plata. Estaba muy nerviosa pero aún así pudo sacar el celular y me lo alcanzó. Le temblaba la mano. Le dije que quería plata, no un celular. Volvió a meter la mano en la cartera. Yo miraba para todos lados. No había mucha gente por suerte. En eso alcancé a ver una luz de sirena que se aproximaba. Le dije a la mina que se apurara. Me dio unos billetes y me alejé trotando; no podía correr. No era la policía, era una ambulancia.
Me fui hasta la plaza donde había comprado por la mañana. Estaban los mismos pibes. El de gorrita se me acercó y me preguntó si quería comprar. Le dije que si. Me fije cuanto dinero tenía: once pesos. Dame, yo te traigo, me dijo y desapareció en la oscuridad. Los otros pibes me miraban. Al rato vino el de gorrita y me dio cuatro dosis. Me estaba cagando una, pero no me importó. Agarré el paquetito y me fui.
Me senté en la puerta de una casa que tenía escalones y una especie de porche que me protegía del viento. Me prendí uno y volé. Al rato otro, y luego otro y luego el último. Me quedé ahí tirado. No podía pegar un ojo. Salí dispuesto a buscar más plata. Caminé un poco y vi a una señora paseando el perro. La descarté. Una cuadra después vi un pibe con mochila. Me le acerqué, le mostré el cuchillo y salió corriendo. Lo intenté seguir pero no pude. No podía ni trotar siquiera. Seguí caminando y vi una luz de sirena aproximarse. Esta vez si era de la policía.
Se bajó un grandote y me preguntó que andaba haciendo. Que te importa, le contesté. Se bajó el otro del auto, que era mucho más gordo, y entre los dos me arrinconaron. Me pidieron que me diera vuelta y pusiera las manos contra la pared. Intenté correr, pero el grandote me agarró fácilmente y me derribó. Al caer me golpeé la pera con el piso. Me levantaron y me metieron en el patrullero.
En la comisaría uno policía de bigotes me quiso hacer firmar un papel pero se lo escupí. Mi saliva tenía un poco de sangre. Me llevaron a una celda y me dieron una paliza. No me podía levantar. Sólo me quedaban fuerzas para insultar. Un policía entró y me pateó la cabeza. Con ese golpe se me fueron todas las fuerzas, y me desmayé.
Me desperté por la luz que se filtraba por una de las pequeñas ventanas que había cerca del techo de la celda. Me quise incorporar pero no pude. Me conformé con sentarme en el suelo, apoyándome contra la pared. Un oficial con cara de bueno entró, me levantó de un brazo y me llevó hacia la parte de adelante. Allí estaba mi viejo. Me dejaron sentado al costado, esposado, mientras mi viejo hablaba con el comisario, y firmaba papeles.
Al rato estábamos en la calle. Mi viejo ni me hablaba. Me metió en el auto y fuimos a casa. Adentro estaba mi vieja llorando, como siempre. Me deprimí. Mi viejo me condujo hacia el baño y me dejó. Me metí, abrí el agua caliente y me tiré en la bañera. Estuve mucho tiempo. No podría precisarlo, pero me arriesgo a decir tres horas. Mientras me secaba sentía todos los dolores habidos y por haber: el mentón, la boca, la cabeza, las costillas, las piernas, el culo. Todo.
Me até el toallón a la cintura y salí. Mi vieja seguía llorando. Mi viejo me miraba indignado. Me fui a mi habitación y me puse ropa limpia. Me tiré en la cama y sentí ganas de drogarme nuevamente. Sabía que no tenía chances de salir de ahí. Intenté dormir, pero todo lo que conseguí fue sentir como unos bichos se metían por mis venas y recorrían todo mi cuerpo. Me empecé a rascar por todos lados. Quise salir pero la puerta estaba cerrada con llave. Grité. Mi viejo dijo que me iba a quedar ahí el tiempo necesario hasta que me curara. Yo no estoy enfermo le dije. Le grité hijo de puta! Pateé la puerta, rompí cosas hasta que no pude más. Caí rendido al suelo, sudando, llorando.
Al rato la puerta se abrió y una mano dejó un plato con comida: una ensalada horrible con un poco de pollo. Quise intentar un acto de rebeldía y no comer, pero no pude. Al minuto devoré todo. Busqué la manera de salir de ahí, pero el hijo de puta de mi viejo se había encargado de preparar la habitación para cuando yo llegara.
Puse música a todo volumen. Sabía que eso iba a irritar al gorila. Agarré el disco del metal más pesado que tenía e inundé la casa con un sonido devastador. Hasta a mí se me hacía imposible soportarlo, pero era mi manera de molestar al viejo. Pasó todo el disco y no percibí ninguna queja. Volví a repetir la venganza con idéntico resultado. Comencé a llorar. Lloré sin parar durante horas. Quería drogarme, o morir al menos.
Me acerqué a la puerta y llamé a mi vieja, llorando. Sabía que eso la conmovería. Estuve así largo rato hasta que por fin apareció. Se puso al otro lado de la puerta y conversamos. Le pedí que abriera pero me dijo que no lo haría, que el gorila la mataría. Le insistí de mil maneras pero no hubo caso. Siempre había sido una dominada, una cagona. ¿Por qué habría de cambiar ahora? Le dije que quería ir al baño y me contestó que debajo de la cama mi viejo había puesto un recipiente para que hiciera mis necesidades. El muy hijo de puta había pensado en todo, pensé.
Comencé a recordar cosas de mi niñez y mi madre se emocionó. Le decía que quería cambiar, que quería volver a ser feliz. Que quería que ella también fuera feliz. Que las cosas podían cambiar. Que papá podía cambiar si todos cambiábamos. Pero que para eso necesitábamos confiar en nosotros como familia. Le prometí que iba a hacer lo imposible para volver a ser el que era. Le prometí que le pediría perdón a mi padre. No sé cuántas cosas le dije, cuantas le prometí, pero lo cierto es que se emocionó y me creyó cada una de mis palabras y finalmente me abrió la puerta. Al salir respiré hondo. Fui hasta la cocina y con un cuchillo terminé con la infelicidad de mi madre, y con la mía, que es lo más parecido a ser feliz que podía lograr.
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