martes, 8 de junio de 2010

El hijo



Me levanto con un humor de perros. Voy hasta el baño tanteando porque no tengo ganas de abrir los ojos todavía. Sin prender la luz me coloco delante del inodoro y meo. A esa hora de la mañana mi pis tiene un olor tan desagradable como penetrante. Toco el botón. Recién ahí empiezo a abrir los ojos. Me doy la vuelta, abro la canilla y me lavo la cara. Prendo la luz y me miro al espejo. Cada día me parezco más a mi viejo, pienso. Luego recuerdo que tuve la misma sensación de chico, de adolescente, y hace unos años también.

Mientras me visto sigo pensando en mis padres, en las razones que tuvieron para haberme ignorado todo este tiempo. No me hablan, no me miran siquiera. No recuerdo haberles hecho nada malo, siempre traté de ser un hijo ejemplar. Es más, desde chico fui muy tranquilo, nunca un problema. Me pasaba horas viéndolos actuar, casi autista, sin molestar. Sus peleas me parecían desagradables, muy violentas. Fueron muy pocos los momentos de felicidad que tuvieron, recuerdo. Pobre viejos. Quizás por eso son lo que son ahora. Quizás me culpen de algo que algún día espero descubrir, porque la incertidumbre me mata de a poco.

Me subo al bondi, viajo parado casi una hora y llego al trabajo con un humor peor al que tenía. Me pongo el mameluco azul y el casco. Me subo a la grúa y empiezo a mover cajas de acá para allá como siempre. Hay un olor asqueroso en la cabina, pienso que tengo que lavar el mameluco. En el vidrio veo reflejada mi cara y se me viene nuevamente la imagen de mi viejo a la cabeza.

Mientras muevo otra caja más, cosa que odio, busco recuerdos de mi infancia con él y no los encuentro. Todo el mundo tiene recuerdos de su niñez, ¿porqué yo no? ¿Tan frío era mi viejo que nunca me llevó a jugar al parque? ¿Tanto me odiaba? A veces creo que mis padres me culparon por haberles arruinado la existencia con mi mero nacimiento. Pero yo no pedí nacer, ¿cómo pueden ser tan obtusos? A veces también los odio.

Termino de mover la última puta caja. Voy hasta el vestuario, en el camino un tipo me habla y lo paso de largo como si fuera un poste. Me cambio y meto el mameluco en una bolsa para llevarlo a lavar. Es un asco. Subo al bondi, viajo parado casi una hora y llego a mi casa bastante deprimido por mi repugnante vida.

Tiro el mameluco en la pileta para lavarlo después, ahora no tengo ganas. Voy hasta la cocina, abro la heladera, saco el vino y bebo de la botella un trago demasiado largo. Me siento frente a la tele y la intento prender con el control remoto pero no anda. Puteo porque me tengo que levantar. Me levanto, voy hasta el televisor y en su oscura pantalla veo otra vez a mi viejo. Creo que me persigue por algo.

Me quedo viendo como voy a ser yo en unos diez o quince años y me deprimo más. Canoso, gordo y con un pasado de mierda. Pienso que, por más que quisiera, no podría evitarlo. Las canas salen quieras o no y eludir la panza requiere de sacrificios que no estoy dispuesto a realizar. Lo único que le falta a mi patética existencia es privarse de los pocos placeres que tiene.

Me preparo unos fideos con aceite, los como mirando un programa tan estúpido que no puedo creer que no me levante a cambiar de canal. Más estúpido soy yo, definitivamente. Llevo el plato a la cocina y lo dejo en la pileta junto a los otros platos de los días anteriores. Pienso que tendré que lavarlos pronto. Voy hasta el baño, meo, me lavo los dientes y me miro de nuevo en el espejo. Otra vez mi viejo que me mira. Noto como si intentara decirme algo. Qué estupidez, a veces creo que me estoy volviendo loco.

Me acuesto, apago la luz del velador y trato de dormir, de olvidar mi fútil existencia. Obviamente no lo logro. En mi cabeza aparecen imágenes y pensamientos a pesar de mi resistencia. Sólo quiero dormir.

Me despierto, extrañamente, de muy buen humor. Debo haber soñado algo bueno. Siento como si hubiera descubierto algo, pero no sé qué. Me pongo a pensar en cosas que estuve buscando. Miro el reloj y veo que se me hace tarde. Me levanto y voy al baño. Meo tratando de no respirar para evitar el repugnante olor de mi orina. Toco el botón, me doy vuelta y me enjuago la cara. En el espejo lo veo a mi viejo, y por primera vez en todos estos años, noto que soy yo, ahora, viejo, gordo y canoso. Me apoyo en la pileta, bajo la vista y cierro los ojos. Me recrimino, como si no tuviera ya suficiente, haber peleado tanto con Marta y por eso no haber tenido un hijo.

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