
Foto via http://dr-mastermind.deviantart.com
Estoy escribiendo una novela. Ya lo había intentado dos veces anteriormente, pero me quedé a mitad de camino, pero en este caso, el entusiasmo es más fuerte que la falta de ideas. Llevar a cabo esta empresa es una tarea mucho más complicada de lo que parece; me lleva a invertir todo el tiempo libre que tengo, y es por eso la falta de dedicación hacia este humilde blog. En compensación, y a modo de adelanto, dejo un capítulo de "Los zombies de Perón", la novela que el mundo literario verá pasar sin pena ni gloria, pero no por eso dejará de ser una historia apasionante de amor, traición, lucha por poder, asesinatos, sangre y peronismo en su más puro estado.
Capitulo 35
Márquez estaba recostado en un gran sillón de cuero negro, con las piernas apoyadas sobre el escritorio. Una voluptuosa mujer zombie le daba trocitos de jugosa carne humana en la boca. Además de los deliciosos bocados, disfrutaba del inminente hecho de transformarse en el primer y único político capaz de vencer a Perón en elecciones presidenciales. Luego de unos minutos, y con apenas un gesto de su parte, hizo ausentar a la mujer.
Bajó las piernas del escritorio y luego de limpiarse la boca con una servilleta, se dirigió hacia la ventana que daba hacia la Plaza de Mayo. Se quedó un rato observando como los zombies caminaban de aquí para allá, luego volvió a su sillón.
Se puso a pensar en como los engranajes del destino se movieron hasta hacer posible lo que parecía imposible. Eso era para él el destino. Recordó cuando su padre Francisco le decía que nunca llegaría a ser presidente y cuando, luego de haberlo logrado, le dijo que la gente se podía equivocar una vez, pero no dos. Le daba más entidad a la victoria sobre su padre que a su éxito político. Pensó incluso que se había dedicado a la actividad pública para demostrarle que él no era el pusilánime e incapaz que su progenitor suponía.
Sus ojos centellaron de rabia al recordar las descalificaciones de las que había sido objeto durante casi toda su vida. Sus tendones y músculos se tensaron mientras los recuerdos afloraban en su interior. Odió a su padre y quiso ahorcarlo con sus manos hasta hacerle estallar la cabeza, pero cayó en la cuenta de que había muerto a pocos días de la contaminación global de la forma más absurda. Esa imagen le devolvió una sonrisa a su rostro, a la vez que sus ojos tomaron un aspecto más benévolo que instantes atrás.
El motivo de la muerte de su padre nunca trascendió, pero en el entorno familiar se sabía con lujo de detalles. Era una calurosa noche de diciembre, y la gente estaba muy asustada por la fresca noticia de los contaminados que mordían humanos. Francisco había llevado a una joven y hermosa mujer a la mansión de los Márquez. Luego de una velada romántica puertas adentro de su habitación, comenzaron juegos eróticos que derivaron en sexo oral. Así, él se hincó y comenzó a darle placer a su indispuesta amante. Al terminar, salió de la habitación sin tomar en cuenta su aspecto y, sobre todo, sin percatarse de que en la Mansión vivía toda la familia. Mientras el señor Márquez cruzaba un pasillo fue visto por su hermano, quien, al notar su boca ensangrentada y, sugestionado por el acontecer mundial, le voló la cabeza de un escopetazo creyendo que era un zombie.
Más calmado, y regocijado por el recuerdo de la muerte de su padre, el presidente abandonó su despacho. En una de las salidas laterales de la Casa Rosada lo esperaba su chofer quien, amablemente, le abrió la puerta de la camioneta BMW negra. Se dirigieron a toda velocidad hacia la quinta de Olivos. Al llegar, Márquez fue hasta su habitación, tocó una pequeña estatua de bronce que decoraba el mueble que estaba frente a la cama, abrió la última puerta de su inmenso placard y se metió. Era una puerta secreta que conducía, escaleras abajo, a un gran portón de metal. Márquez acercó su ojo izquierdo a un dispositivo luminoso y la placa metálica se deslizó hacia un costado y dejó ver un largo recinto, con grises jaulas a los costados, todas ellas ocupadas por seres humanos de distintas razas, edades y sexo.
El presidente recorrió lentamente el lugar, observando detenidamente a cada uno de los cautivos, indeciso. Finalmente se paró frente a una celda que albergaba a un varón rubio de unos 16 años y, mirando a una cámara ubicada en uno de los ángulos superiores del recinto, hizo una seña. El piso de la celda frente a él se desplomó, y el adolescente cayó, ahogándose su grito hasta desaparecer por completo.
Márquez se retiró con paso seguro. La cena estaría lista en media hora.
Muy bueno Leo. A ver cuando subis más capitulos o el argumento..
ResponderEliminarSaludos,
Ale
Viva Peron carajo!!!
ResponderEliminarEsta pluma está cada vez mejor !
ResponderEliminarAdelante con todo esto Leo
Abrazos, Juan Gentile