martes, 21 de septiembre de 2010

Penales



Mi infancia transcurrió en la pobreza, no sé si calificarla de extrema, pero sí el tipo de pobreza que lleva al papá a realizar una competencia de penales para determinar quién comería. Y para el fútbol yo no era bueno, por lo tanto casi siempre me tenía que conformar con las dádivas de aquellos que tenían una buena pegada o de los que eran capaces de volar de una punta del arco a la otra. Estoy seguro de que, de habérselo propuesto, mi vieja hubiera llegado a atajar en el Barcelona.

El fútbol, ahora me doy cuenta, era importantísimo en mi familia y es por eso que tanto buscaron un varoncito; lamentablemente a mí no me gustaba, al menos la parte deportiva. Recuerdo que mi viejo, quizás ya sospechando de mis inclinaciones, me obligaba a ver en nuestro viejo televisor blanco y negro, colgado del cable, todo tipo de partidos, incluso aquellos que se disputaban en remotos lugares del planeta, como cotejos (así los solía llamar él) de la cuarta división de la liga chipriota, por ejemplo, y yo, un poco para no desanimarlo y otro poco para mirar las piernas de los futbolistas, me los quedaba viendo hasta que terminaban sin llegar a comprender jamás cosas como el orsai.

Sin embargo, podía pasarme el día viendo jugar a José Bermúdez, mi compañero de escuela. Según decían todos, Pepito, como lo llamaban, era mejor que Maradona, cosa que no podía comprobar debido a mis escasos conocimientos del tema, pero aún así me encantaba verlo correr con la pelota en los pies, pateándola entre esos dos palos, provocando que la mitad de los que jugaban con él festejaran y gritaran. Ahora me doy cuenta de porqué papá me prohibió que fuera hasta la canchita cuando había partido.

Recuerdo un día que, mientras mirábamos un partido del Doxa Katokopia, mi viejo se quedó dormido y yo, aburrido, aproveché para cambiar de canal. De casualidad llegué a una señal de desfiles, y ahí creí darme cuenta de que quería ser diseñador de ropa. Se lo dije a papá y, luego de recuperar el conocimiento, me fui a casa de Luisito, un amigo cuyo padre era sastre, y le comenté sobre mis deseos. Él, entre burla y burla, me traía retazos de telas para que jugara. Me pasé todo el día armando vestidos que yo mismo desfilaba para la diversión de mi amigo y también la de su padre, que cada tanto se asomaba y se iba riendo a carcajadas.

Pasaron los meses y, tal como querían mis padres, mi afición por la alta costura se fue diluyendo, no así mi inclinación por usar vestidos, lo que, en definitiva, me costó una difícil relación con mi viejo, relación que tuvo su punto de inflexión en una propuesta de competencia que me hizo: tres penales para cada uno; si ganaba él, yo me olvidaba de los vestidos; si ganaba yo, él me aceptaba tal cual era, con mis gustos y todo. En un principio, consciente de mis debilidades en el arte del fútbol, dudé en aceptar el reto, pero luego, con la esperanza de tener la posibilidad de expresarme libremente tal cual era, accedí.

Inmediatamente le pedí ayuda a Luisito para entrenar, pero él, a pesar de apasionarle el fútbol, pateaba para cualquier lado, como si tuviera ladrillos en vez de pies. Deseché su ayuda y fui por la de Pepito, quien, sin hacer caso de lo que se decía en el colegio, aceptó convertirme en un ganador. Estuvimos todo el día, pateando y atajando. Me enseñó cómo arquear el cuerpo, con qué parte del pie pegarle a la pelota, cómo volar para atajar y varios trucos más. Agradecido, lo despedí y me fui a descansar para el gran reto del día siguiente, reto que definiría mi vida para siempre.

Eran las diez de la mañana cuando nos dirigimos hacia la canchita. Mi viejo quería una competencia que no dejara dudas, por lo que los arcos, con palos y travesaño, eran fundamentales. Pensé que Luisito había abierto la boca, porque la gente se empezó a juntar, al punto de colmar la tribuna que daba al arco de la competencia. El viejo Galíndez, el peluquero del barrio, se ofreció para tirar la moneda. Ganó mi viejo, que eligió patear primero, y tanto Galíndez como la moneda desaparecieron para siempre. El momento de la verdad había llegado.

Me puse debajo del arco. Mientras miraba a mi viejo tomar carrera, sentía la respiración de los cientos de curiosos que había en la tribuna. En el arco las frases se escuchaban con mucha claridad. Una voz ronca, como de fumador, dijo “tirate a la derecha putito”, pero en ese momento no supe a que derecha se refería, si a la mía, o a la del pateador. Cuestión que mi viejo pateó cruzado, yo volé hacia mi izquierda, sin siquiera pensar, y golazo. La voz ronca dijo “pero que puto pelotudo”; evidentemente, segundos antes, se había referido a mí derecha, no a la del pateador.

Era el turno de mi viejo al arco y yo, después de colocar la pelota en el círculo blanco de cal, tomé la distancia necesaria, ni mucha ni poca, tal como me había aconsejado Pepito y levanté la vista antes de emprender la carrera. La presión era asfixiante. Mi viejo me miraba fijo, buscando intimidarme seguramente, y la gente atrás, gritaba desaforada. Creo, incluso, que hasta escuché la frase “vamos putito carajo” de boca de algún desubicado, pero hoy no lo podría asegurar. Respiré profundo y empecé a correr, pero en el camino sentí como si mis flacas piernas se doblaran, cuestión que cuando llegué a impactar la pelota, me salió un tiro muy coherente, es decir, muy maricón, como si le hubiera pegado con un diario. Mi viejo no tuvo que esforzarse para detenerla.

Un poco triste, me ubiqué en el arco. Mi viejo estaba ya esperando para patear, haciendo notar una confianza en sí mismo envidiable. Esta vez traté de nublar mis oídos con el fin de no escuchar gritos ni consejos de ancianos fumadores y homofóbicos. Mi viejo corrió hacia la pelota y cuando estuvo a punto de pegarle, no sé si el viento o un ángel se la movió, cuestión que su tiro se fue abriendo hasta impactar en el palo. Yo, desde la otra punta del arco, fui testigo privilegiado de cómo ese balón estuvo destinado, desde un principio, a no golpear esa red gris y gastada.

La tensión era terrible, entonces recordé unas palabras de Pepito, algo sobre el placer de participar, y eso me quitó un poco de presión. Coloqué la pelota en el punto del penal y con pensamientos positivos pero a la vez implorando a Dios, corrí, impacté la pelota de puntín, todo lo contrario a lo que mi querido José Bermúdez me había indicado, y el balón tomó un efecto raro y se escabulló de las manos de mi viejo. “Golazo”, gritaron todos detrás del arco. Uno a uno, y la tensión a mil.

El haber convertido un gol por primera vez en mi vida y en semejante evento me dio una cuota de seguridad que nunca tuve, al menos en el fútbol. Confiado, imité la posición en la que se colocan los arqueros profesionales cuando les van a patear un penal, hecho que, al parecer, desconcertó alegremente a mí viejo, que pateó a colocar hacia su derecha y yo, tirándome en esa misma dirección, desvié la pelota. La gente, atrás, gritó con todas sus fuerzas, pero la palabra “puto” estaba en cada una de las frases que decían, sin embargo, no me molestaba en absoluto.

Me tocaba patear el último penal. Si convertía ganaba y mi viejo me aceptaría de una vez y para siempre. Mientras el griterío seguía, cosa que, aparentemente, irritaba a mi viejo que ya estaba ubicado debajo del arco, coloqué la pelota y tomé carrera. Alcé la vista y creí ver a mi viejo haciéndome una seña con la cara, como indicándome que se iba tirar hacia la izquierda. Primero pensé que podía ser una trampa ante la clara posibilidad de perder, pero me pareció sincero, así que, siguiendo el consejo de Pepito, impacté la pelota con la parte superior del empeine del pie derecho y salió un tiro cruzado, fuerte, como nunca hubiera pensado que podía lograr, mientras mi viejo volaba hacia el otro lado, y gol, golazo.

Comencé a saltar de la alegría, en medio del griterío de la gente de la tribuna que bajaba a festejar conmigo, y mi viejo, que ya se había incorporado, esperó a que la gente despejara el lugar para estrecharme la mano y felicitarme por el triunfo. Luego, a la noche, en medio de una cena en la que comimos todos, le pregunté si me había dejado ganar, y con cara de falsa sorpresa me dijo que cómo creía eso, que él sería incapaz de dejarse en ningún puto caso. Luego dijo “perdón por lo de puto”.

Días después le pregunté a Luisito y a Pepito, los únicos que sabían de la competencia además de mi viejo, si le habían contado a alguien sobre el desafío y me juraron que no, por lo que caí en la cuenta de que todo había sido obra de mi viejo, no sólo para aceptarme tal cual soy delante de todo el barrio, sino para que, además, vieran que su hijo podría ser puto, pero un puto capaz de ganarle, en un deporte de machos, a la leyenda futbolística del barrio, al hombre que, de no haberse roto la pierna cuando joven, hubiera llegado a primera, a la selección y a Europa.

Finalmente, después de ese glorioso día, el fútbol empezó a interesarme e, increíblemente, descubrí que tenía cualidades innatas para la pelota o, como dice mi viejo, lo tenía en los genes. Un año y medio después, un tipo de Buenos Aires vino a verme y me llevó a probarme en un club; cuestión que terminé jugando en la primera división, dándole el gusto a mis padres y, además, la posibilidad de comer todos los días los manjares que quisiéramos y sin penales de por medio.

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