
A Graciela la conocí en un pub, en la barra, esperando por un trago. Tenía una minifalda que rajaba la tierra y una camisita blanca cuyo primer botón abrochado levantaba sus pechos de modo tal que parecían dos pelados asomándose. Me acerqué atraído por su despampanante belleza. Cuando el barman le alcanzó un variopinto trago largo, le dije que iba por mi cuenta, decorando la escena con un gesto entre estúpido y galante. Me pagó la generosidad con una sonrisa cuya falsedad se notó tanto que hasta hizo caer la bolsa en Wall Street.
La situación, lejos de desanimarme, me motivó a conquistarla como si se tratara de una cuestión de honor, de vida o muerte. Cuando se dispuso a abandonar la barra, me acerqué aún más y mirando a una chica que acaparaba todas las miradas masculinas, dije.
–Esa que está ahí, si te fijás bien en los pies, tiene el segundo dedo más largo que los demás.
Graciela bajó la vista y al comprobar la veracidad de mis dichos, se echó a reír. A partir de ese momento, acodados en la barra, dedicamos horas a criticar a cada una de las mujeres que deambularon por nuestro espectro visual. Si hay algo que ninguna fémina puede resistir es criticar a otra que ose disputar su reinado. Sabio consejo el de mi amigo Ricardo.
Graciela tenía una risa muy particular. Al principio era contagiosa, pero luego de la quinta o sexta vez se tornaba irritante. Recuerdo que deseé que recibiera un llamado con la noticia de la muerte de su madre para que dejara de hincar mis tímpanos con su estridente chirrido, cosa que finalmente no sucedió, de modo que no me quedó otra opción que bajar la mordacidad y la gracia de mis observaciones con tal de no escucharla reír.
Al rato fuimos a mi departamento. Apenas cerramos la puerta me besó tan apasionadamente que mi faringe podría testificar en contra de su lengua por intento de asalto. Luego se fue al baño para “ponerse más cómoda”, según sus propias palabras, y yo fui a acondicionar la habitación para la gran velada: una luz tenue de tono rojizo, música suave y dulce perfume de ambiente. Me desvestí y la esperé sentado en la cama.
Demoró tanto que casi me duermo sentado. Al principio no entendía cómo sacarse la camisa y la minifalda podía demandarle tanto tiempo pero después pude comprobar que había utilizado las instalaciones y que se había olvidado de tocar el botón. No pude evitar reparar en que, además, su olvido estaba teñido con los mismos colores del trago que le invitara horas antes, lo que a su vez me hizo tomar nota mental de no beber nunca más en ese pub.
Decía entonces que estaba a punto de caer en las garras de Oniris cuando de repente la vi desnuda en la puerta. Su cuerpo parecía esculpido por Miguel Ángel. Me estaba por incorporar para ir por ella pero me ganó de mano: se abalanzó sobre mí y comenzó a besarme sin importarle, aparentemente, encontrar mis labios. Con su larga lengua recorría toda mi cara y no exagero si digo que hasta llegó a sacarme la cera de las orejas. La situación me hizo recordar los días con Pochi, mi perra de la niñez, y la erección que había logrado al verla en la puerta se desvaneció casi por completo.
Por fortuna, trasladó su oral afición hacia el cuello y ahí pude recuperar los bajos instintos, momento que ella aprovechó para acoplarse a mi ser. Y ahí vino lo peor. Empezó a gritar con el mismo irritable chirrido de su risa, pero esta vez con el plus de un toque espeluznante, y la sensación era de estar intimando con la vieja de “Cuentos de la Cripta”. No conforme con su extraña manera de sonorizar su placer, me tomó el cuello con sus manos e intentó asfixiarme. Por la desesperación, y juro que sin intención, le pegué un manotazo en la cara y Graciela, en vez de quejarse o detenerse, gimió con locura y me pidió “más”.
Se ve que mi evidente deseo de no complacerla la molestó porque me aplicó una cachetada, sonora y ardiente, que aún sigue doliendo. Intenté escaparme de su desenfrenada pasión pero su fuerza era similar a la de un gorila en celo criado a base de anabólicos. Extrañamente yo seguía con la erección, no tanto por la excitación sino más bien por la tensión de cada una de mis fibras. Siguió golpeándome e intentando asfixiarme hasta que no me quedó otra opción que devolverle la gentileza intentando perseguir alguno de estos dos grandes objetivos: el primero, sacármela de encima, y el segundo, excitarla con el golpe de modo tal que le provocara un orgasmo y así se tranquilizara.
Dicho y hecho. Le apliqué un certero golpe en la mandíbula y la tiré hacia atrás. Mientras caía lanzó un gemido inequívoco de placer en su más alto punto. Minutos después, ya más calmada, me confesó que había sido una experiencia de lo más lujuriosa como hacía mucho no vivía y que esperaba que se repitiera. Para no ser descortés, pero sabiendo que esa sería la última vez que la vería, le dije que sí. Al rato se vistió y se fue.
Con toda la cara y cuello marcados me fui hasta el baño, tomé una ducha y mientras me secaba, un extraño olor me hizo recordar que debía apretar el botón del inodoro.
Me encanto!
ResponderEliminarExcelente!
ResponderEliminarAmore!!! Siempre, o más bien de vez en cuando, entro y leo, lionel, me encanta tu estilo de escritura. Besos lindo!!! Andre, no anónima.
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